miércoles, 5 de julio de 2017

Y NOS DIERON LAS DIEZ



Aquí estoy otra vez, dándome el gusto de escribir y por el carril de la adaptación de una canción. Se trata de una de las canciones más hermosas de Joaquín Sabina, al que ya tenía yo ganas de rendirle tributo a mi estilo, en mi campo.
Se trata de la historia que nos cuenta la canción “Y nos dieron las diez” del disco “Física y Química”.
¿Por qué esta canción? Porque lo pedía a gritos. Porque es una canción donde se cuenta una historia tangible, con un principio y un final y en su argumento tiene de todo, camareras, policías, granujas, cantantes… Era carne de experimentación y transformación.

Quiero darle las gracias, y desearle una pronta recuperación, a mi amigo Jesús Dominguez "El Perry" por echarme una mano con la portada, dandole el toque exacto que a mi me faltaba. 

*ACLARACIÓN: Me gustaría volver a recalcar, a efectos legales, que la canción original que inspira esta historia fue escrita en el año 1992 por Joaquín Sabina y que en ningún caso intento atribuirme la autoria de  la misma. Simplemente, haciendo uso de la imaginación, he querido hacer mi  versión particular. Gracias.





Y NOS DIERON LAS DIEZ

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la oscuridad mientras el público seguía aplaudiendo a mis espaladas. Unas pequeñas luces anaranjadas adosadas a la parte más alta del pasillo me guiaban hasta la bajada por la parte trasera del escenario. Gente a la que no acertaba a reconocer me felicitaba dándome palmadas en el hombro, incluso hubo alguien que me colocó una toalla sobre los hombros. Una pequeña botella de agua llegó hasta mis manos justo antes de llegar a la luz.
Ya en mi camerino, les di un abrazo a todos los miembros de mi banda y los felicité por el gran concierto que habían dado.
-¿Se apunta alguien a un cubata en el pueblo?- Pregunté gritando con una sonrisa, pero nadie quiso seguirme. -¡Vamos, carajo! Aún no tenemos cincuenta años, aunque los aparentemos.- Proseguí, pero el resultado fue exactamente el mismo. Los autógrafos y fotos con algunos fans privilegiados y las bromas y abrazos con los amigos siguieron, aunque los insulté entre risas por no acompañarme a tomar algo después del concierto. Coloqué la chaqueta roja sobre el respaldo de la silla y eché la camiseta blanca que llevaba puesta donde siempre, en una bolsa de plástico que colgaba del pomo de la puerta del aseo. Me miré al espejo y me noté más flaco. Me lavé la cara, el cuello, las axilas y el pecho en el lavabo mientras reía con las vivencias del concierto de esa noche que cada músico contaba. Busqué una toalla limpia pero al no encontrarla usé la misma que me habían puesto sobre los hombros al bajar del escenario. Rebusqué entre mi ropa y encontré una camiseta negra. Abrí la pequeña nevera y no tardé en encontrar una botellita de agua que mezclé en un vaso de plástico con whiskey. Me senté en el sillón y descansé estirando las piernas, mientras me terminaba la copa fumando un cigarrillo. Poco a poco, el camerino se fue despejando hasta que me quedé solo, terminando mi tercera copa.

Salí del recinto despidiéndome de todas las personas que encontraba a mi paso. El camino hacia la calle se hizo largo entre las fotos y los autógrafos del resto de fans que allí me esperaba. Rechacé el taxi que uno de los organizadores me quiso pedir, alegando que quería caminar por el paseo marítimo de aquel hermoso pueblo. A cambio, le pedí que me diera un nuevo cigarrillo y fuego.
La noche estaba fresca e invitaba a pasear junto al mar. Sin duda, no me había equivocado rechazando el taxi. Me crucé con algunas personas que se daban codazos sorprendidos al reconocerme. Cuando pasaban por mi lado los podía oír preguntándose entre susurros “¿Es él?” Pasados unos veinte minutos de caminata, me di cuenta de que todos los bares del pueblo estaban cerrados -¡Qué carajo pasará en este pueblo! Aquí no hay un sitio donde tomarse un whiskey.- Pensé justo antes de encontrar “El Amanecer”, el único bar abierto.
El local estaba casi vacío. Era un sitio con paredes de ladrillo visto a media altura y pintado de blanco hasta el techo desde donde terminaba el ladrillo. Por unos grandes ventanales abiertos entraba la brisa marina, limpia y fresca. Estaba dividido en dos salas. Una, la más grande, estaba completamente apagada, llena de mesas recogidas, vestidas con gruesos manteles blancos, con los vasos y platos bocabajo, listas para el servicio del día siguiente. Al final de la sala, sobre un pequeño escenario y entre sombras, se adivinaba la figura de un piano, algunas torres de iluminación y amplificadores. La otra sala era mucho más pequeña. Un mostrador metálico, una puerta que daba a un jardín, unos cuantos clientes que, de pié y con el codo apoyado en la barra, terminaban sus copas.
-¡Voy a cerrar! Lo siento pero no puedo servirle.- Me anunció la camarera desde detrás de la barra. Ella quería cerrar y yo quería una última copa antes de irme al hostal, así que me acerqué a la barra dándole  las buenas noches para saludar. Era guapa, pelo negro, largo y rizado. Abundante pecho sobresaliendo por encima de los botones abiertos de su camisa blanca. Noté cómo le cambió el gesto y el talante al reconocerme. Me sonrió y le devolví el saludo con una sonrisa picarona. Me incliné sobre la barra para rogarle un último whiskey pero fue ella la que se adelantó.
-Cántame una canción al oído, y te pongo un cubata… -Me susurró. Pude sentir su respiración cálida cerca de mi cuello. Un deseo lujurioso me envolvió al notar sus labios cerca de mi oreja. ¡Santo Dios! Me muero por dormir con ella. ¿Cómo será su dormitorio? ¿Qué secretos e historias guardará su colchón? Miles de sensaciones  y preguntas se apoderaron de mí y yo estaba loco por resolverlas.
-Con una condición.- Le respondí.
-¿Cuál?- Contestó entrando en mi juego.
-Que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata.- Le propuse sacando mi artillería poética pesada.
Ella sonrió e instó a los últimos clientes a que se terminasen sus copas y salieran. Así lo hicieron, de uno en uno, mientras ella, taimadamente me servía mi whiskey sólo con dos cubitos de hielo en vaso de tubo. Cuando el último de los clientes se fue, la camarera salió de la barra para bajar el cierre de la puerta. Por primera vez, y por el rabillo del ojo, pude verla de cintura para abajo. Usaba zapatos con tacón bajo aunque elegantes. Vestía falda oscura ajustada que marcaba todas sus curvas, pero el precio que tenía que pagar por llevar aquella falda era caminar con pasos cortos como una japonesa.
No quise parecer ansioso ni llevar las cosas a un nivel emocional profundo, tal y como sentía que estaba haciendo, así que, para distraerme, y aconsejándome a mí mismo “¡Cuidado chaval, te estás enamorando!”, me quedé sentado en mi taburete, haciendo inventario mental de las botellas que poblaban las baldas de la barra. De repente, a medio recuento de botellas de ron y vodka, sentí su dedo índice recorriendo a paso lento mi espalda. Su uña se clavaba en mi piel, a través de la camiseta, dibujando un gigantesco corazón. Súbitamente me volví, le coloqué una mano detrás de la nuca y la acerqué hacía mi para besarla mientras mi otra mano, lentamente, fue subiendo desde sus rodillas hacia el interior de sus muslos, por debajo de la falda. Un minuto y medio más tarde, en el que nuestros cuerpos no habían cambiado de postura, se escapó de mis besos sonriendo, se giró para coger mí vaso y la botella de whiskey que nos acompañaban y se dirigió hacia la sala oscura de las mesas. Miró hacia atrás lascivamente por encima de su hombro y me invitó a seguirla hasta el piano. Se sentó sobre el teclado haciendo sonar un par de notas discordantes que rompieron el silencio del bar y abrió sus piernas, apoyándolas contra el asiento que cada noche ocupaba el pianista de la banda residente. Me senté teniendo como público de primera fila sus piernas desnudas y bien torneadas y allí, entre besos y sonrisas, pagué con canciones cada una de mis copas hasta que terminamos su botella de whiskey y mi repertorio.
-Quiero dormir contigo.- Le dije.
-No quiero dormir sola.- Respondió.

Salimos a la calle, donde las campanadas de la torre de la iglesia marcaban la hora. Caminamos abrazados hasta el hostal donde me hospedaba, besándonos bajo cada farola.
Al llegar, el somnoliento recepcionista la hizo mostrar su DNI y firmar un documento como huésped en mi misma habitación. Ella tardó una eternidad en encontrar la identificación entre las mil cosas que llevaba en su bolso. Mientras, desde atrás, la sujetaba por la cadera susurrándole al oído. Cuando terminó de registrarse empezamos a rodar escaleras arriba, abrazándonos y besándonos  contra los rincones y puertas del hostal. De espaldas y casi sin mirar, logré abrir la puerta de mi habitación sin despegar mis labios de los suyos. Una vez dentro, iluminados por la brillante luz de la luna que entraba por la ventana, cerré lentamente la puerta, la desnudé, me quité la camiseta negra y el pantalón, me tumbé sobre ella y, entre sábanas y besos, volvimos a oír cómo repicaban las campanas que marcaban rápidas el paso de las horas de aquella noche de verano hasta que, finalmente, en esa hora mágica en la que en el cielo se encuentran tanto los últimos reflejos de las luces de la luna como los primeros rayos de sol, ella se despidió besándome en la frente y diciendo “Adiós, Ojalá que volvamos a vernos”.

A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado con los porrazos de mi manager en la puerta de la habitación, poniéndome al corriente del retraso que llevábamos para llegar a la ciudad donde aquella misma noche daríamos nuestro siguiente concierto.
-¡Voy!- Contesté desganado, acariciando el hueco que ella había dejado en mi cama. La echaba de menos y, aunque sabía que debía tratar aquella historia como lo que era, un amor de una noche, no podía. Era casi desesperante, y no hacía ni un par de horas que no la veía.
Los días pasaban lentos, un concierto tras otro concierto, un pueblo tras otro pueblo, a una ciudad le seguía otra, casi sin descanso. Por fin terminó el verano y llegó el otoño, que se me antojó largo y frío sin ella. Yo seguía pensando en aquella camarera que me invitaba a cubatas a cambio de canciones al oído. Solo deseaba que terminase la primavera para volver a salir de gira el siguiente verano, pero las hojas del calendario caían hacía arriba desde el suelo volviendo a colocarse en su sitio, las equis rojas que marcaban el paso de los días se desdibujaban y el mes de Abril parecía no tener fin.
Cierto día, mi manager me llamó a su despacho y comenzó a apuntar en un folio en blanco cifras, fechas y lugares de los conciertos de la gira que realizaríamos en verano. Los iba copiando de su agenda, repleta de tarjetas de presentación y hojas sueltas con diferentes tipos de letras y colores, mientras farfullaba en voz baja lo que iba escribiendo: “Finales de Julio, principios de Agosto… Dos noches aquí… Descansamos y luego vamos a… No, esta fecha la sustituimos por esta otra. ¡Listo!”- Anunció finamente. Cuando terminó de escribir me pasó aquel documento y me estremecí al ver escrito el nombre de aquel pueblo de costa donde los bares cerraban temprano y las horas pasaban deprisa, marcadas por las campanas de la iglesia.

La espera hasta aquella fecha se me hizo interminable, pero por fin llegó. Aquella noche estaba muy nervioso por volver a verla. Intenté calmarme tomando unas copas en el camerino antes de salir a escena. Alguien anunció que el concierto iba a empezar y salimos al escenario. Dejé mi cuarta copa justo antes de salir a tocar. La guitarra acústica comenzó a sonar rítmicamente, el público aplaudió cuando subí al escenario y saludé agitando la mano. Comencé a cantar sin dejar de sonreír, escudriñando meticulosamente las primeras filas, intentando encontrar el rostro de mi camarera entre el público, pero no la encontré. Aprovechaba cuando los cañones de luz alumbraban a la muchedumbre para intentar localizarla, pero ella no estaba. Seguí cantando y cantando mientras que me afanaba por encontrar aquella enorme mata de cabello rizado entre el público. Incluso me giré en alguna ocasión para mirar la gran pantalla que tenía a mi espalda cuando el operador de cámara enfocaba a los fans, pero todos mis esfuerzos fueron infructuosos. Roído por mis propios nervios, terminé el concierto tres canciones antes, loco por volver al bar para buscarla. El escenario se apagó y bajé las escaleras corriendo, siguiendo el camino de luces hasta mi camerino. Antes de entrar vi una maraña de gente esperándome para hacerse fotografías conmigo. Me metí de lleno en el barullo suponiendo que la encontraría allí pero ella seguía sin aparecer. Dentro de mi camerino perdí el tiempo preguntándole a mis músicos si habían visto entre el público a una mujer guapísima con pelo rizado y ojos de gata, pero nadie pudo decirme nada de ella. Me serví otra copa para templar los nervios, me lavé, me cambié de camisa y fallé al lanzar desde lejos la sucia a la bolsa de plástico que colgaba del pomo de la puerta.

Salí del recinto por la puerta de atrás, con paso ligero en dirección al paseo marítimo. La brisa volvía a ser fresca, todo estaba tal y como lo recordaba el verano anterior. Ella sin duda me debía estar esperando en su bar.
-Pero… ¿Qué carajo es esto? ¿Banco Hispano Americano?- Me pregunté retóricamente cuando llegué al local donde hacía un año estaba “el Amanecer”. -¿Banco Hispano Americano? ...- Volví a preguntarme. - … ¿Banco Hispano Americano? -Me pregunté por tercera vez, enfadándome con mi propia sombra proyectada por la luz de la farola que en su día nos iluminó besándonos. Me senté confuso en el suelo, frente a la sucursal de aquel banco, con la mirada fija en aquella enorme cristalera que hacía de puerta. -¡Esto debe ser una broma macabra del destino!- Continué pensando.  Me sentía desesperado. El alcohol empezaba a hacer el efecto contrario al deseado. Necesitaba encontrarla, me negaba a que aquella historia terminase así, sin volver a verla después de todo un año esperando. Sentí cómo aparecía un fuego en mi estómago haciendo que empezase a temblar. Una potente energía subía por mi pecho, como un tambor anunciando una batalla. La ira y la desesperación se apoderaban de mi cuanto más pensaba en ella, recordando los interminables besos bajo la luna. Supe que no podía soportar aquella situación cuando, sin darme cuenta, sujetaba con mis temblorosas manos un enorme ladrillo rojizo que debí haber arrancado del suelo del paseo marítimo. Ladrillo en mano, di un par de pasos largos en dirección al banco. Los pasos se transformaron en una carrera que terminó con una frenada en seco cinco metros antes de la puerta de cristales y el lanzamiento del ladrillo haciendo añicos la enorme cristalera.
Descansé, me sentí relajado y aliviado. Me senté en el suelo junto al hueco que había dejado el ladrillo para contemplar el desastroso acto vandálico que acababa de cometer y seguí pensando en ella.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que unas luces azules y blancas me despertaran de mi letargo. Levanté la mano, usándola como visera, para protegerme del destello. Las siluetas de dos sombras se dirigieron hacia mí con paso firme.
-¿Está usted bien?- Preguntó una de ellas.
No respondí, sólo me dediqué a intentar enfocar las figuras hasta que se mostraron nítidas y pude dilucidar que se trataba de una pareja de policías municipales.
-¡Antes había aquí un bar!- Contesté beodo, intentando mantener la compostura, poniéndome en pie.
-Le han visto lanzar un ladrillo contra la puerta del banco.
-No sé, antes había aquí un bar, “El Amanecer” ¿Dónde está ella?
-No sabemos señor. Déjeme su documentación, por favor.
-Yo solo quiero verla.
-Déjeme la documentación, por favor.- Insistió el policía.
-Estoy borracho.- Contesté apenado.
-Lo sabemos, y en ese estado ha roto usted la puerta del banco. Tendrá que acompañarnos a comisaría para declarar.
Me froté los ojos con la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño, pero no lo era, era real.
-¡Sé que no lo he soñado, aquí había un banco!- Grité.
-¡Señor! Es la cuarta vez que le pido la documentación y no me la entrega. Queda usted detenido. Debe acompañarnos a comisaría para que le identifiquemos.
En el coche patrulla, de camino a la comisaría, me vino la inspiración. Necesitaba escribir mi historia y tenía que hacerlo ahora.
Ya en jefatura, recobré la calma y la conciencia. Opté por volver a explicarles que llevaba tres copas, entregar mi DNI, callarme y no empeorar mi situación. Tras dos horas de papeleo, me entregaron una multa, me indicaron que estaba acusado de un delito de daños y que me citarían por carta certificada para acudir a juicio.

Siguiendo los pasos que me marcaba el recuerdo, llegué a la puerta del hostal en el que me hospedé hacía justo un año. Abrí la gruesa y vieja puerta de madera y tras el mostrador de la recepción vi al tipo somnoliento del año pasado. Indicándole el número de habitación, le pedí que me diera la misma de la última vez. Tras un interminable bostezó, miró en un libro lleno de apuntes a bolígrafo con mala caligrafía y, finalmente, me entregó las llaves.
Subí lentamente las escaleras, acariciando el pasamanos por los mismos sitios donde ella pasó sus manos hacía un verano, viendo, como sombras en color, nuestras figuras besándose y abrazándose. Abrí la puerta de la habitación donde el verano anterior desnudaba a mi camarera y la recorrí con la mirada. Miré la cama y allí estábamos desnudos, iluminados por los rayos de la luna que, curiosa, nos espiaba por la ventana. Abrí los cajones de la mesita de noche buscando algo con lo que escribir. Encontré un lápiz con el nombre del hostal, pero no había papel. Me senté sobre la cama donde mi sombra seguía acurrucada junto a la camarera, saqué el documento que el policía municipal me había entregado en la comisaría y, por el dorso, comencé a escribir mi historia:

Fue en un pueblo con mar,
una noche después de un concierto…”