miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA LEYENDA DE FRANCISCO "EL HOMBRE".

Fue a principios de los 90 cuando por primera vez escuché hablar de Francisco en una canción llamada la "Hamaca grande". La segunda vez fue leyendo "Cien años de Soledad" de García Márquez, libro que me regaló mi amiga Alexandra. Entendí entonces que, Francisco era un hombre relevante en la cultura colombiana y decidí buscar información sobre él. Su leyenda me pareció lo bastante entretenida como no dejarla pasar, para llevarla a mi terreno, y esperar a subirla en este día 1 de Noviembre.


LA LEYENDA DE FRANCISCO "EL HOMBRE"



La música de acordeones, tambores y guitarras sonaba viva y rápida desde la tarima a un mismo compás. Las muchachas con vestidos blancos bailaban alegres con sus novios o con los jóvenes que, estrenando traje y sombreros de colores claros, pretendían serlo. Eran días feriados en Riohacha y aquella noche todo el mundo salió a festejar a la plaza, incluido Francisco Moscote, famoso acordeonista, conocido y aplaudido en todo el departamento.
Los lamentos y aplausos se mezclaron en el aire cuando el músico se despidió cariñosamente tras terminar su última canción súbitamente, como debe acabar un vallenato.
Terminaba ya su cuarta botella de ron con sus amigos y vecinos del lugar cuando decidió colgarse a la espalda su acordeón para emprender el viaje de vuelta a casa, no sin antes pagar una última botella para el camino. Tambaleándose y con la sonrisa empapada en sudor y alcohol, desató a su burro y, tirándole de la soga, caminó con él hasta la salida del pueblo, saludando a los vecinos que volvían a sus casas después de la fiesta tocándose el ala del sombrero.

Francisco siempre había sido un hombre de honor, querido y respetado, valiente y cabal pero, ya fuera por el alcohol o por el enrarecido cielo oscuro adornado con nubes violetas que parcialmente ocultaban la luna con sus diferentes formas y que a él se le antojaba anticipo de mal augurio, sentía temor hasta de su propia sombra que, mezclada con la de su burro, se proyectaba deforme en la pared dando lugar a una extraña y oscura criatura, mitad humana mitad equina.

Llegado a la  selva se detuvo, sintió cierto pavor, se le antojó más negra y oscura de lo habitual pero se convenció a si mismo de que nada malo le esperaba en el interior de la naturaleza. Había recorrido aquella espesura mil veces en su vida y conocía todos los caminos de la Guajira, desde Riohacha hasta Machobayo, donde nació. Lejos del calor de la plaza del pueblo y del abrazo de la gente, sintió cómo el frio de la noche comenzaba a calarle hasta los huesos así que le dio un largo trago a su botella de ron, se colocó su ruana y subió a su burro para adentrarse en la selva.
Entre trago y trago de ron, tarareaba viajas canciones del lugar, repasando las historias de los  hombres de Colombia y de los lugares que en ellas se contaban, historias que, generación tras generación, se habían ido pasando y a las que alguien, en algún momento, decidió ponerles música. La niebla se hacía espesa y las sombras de los árboles y de las aves nocturnas se hacían cada vez más fantasmagóricas. Ocurrió entonces que, de tanto alcohol, Francisco sintió la llamada de la naturaleza y su vejiga le pidió orinar. Descendió de su burro al que le pidió con un arrumaco que no le abandonase, buscó el oportuno tronco de un árbol y comenzó a orinar. Miró a la copa de un árbol donde, desde una rama, un búho le miraba con sus enormes ojos amarillos.
 —Buenas noches pequeño— , le saludó Francisco, que solo obtuvo un giro de cabeza de ciento ochenta grados como respuesta por parte del animal. “Mal educado” pensó sonriendo mientras se vestía caminando hacia su burro para continuar su regreso a casa cuando un fuerte olor a azufre llegó hasta su nariz. ¿De dónde provenía aquel olor?
Montó temeroso y reanudó el camino mirando a su alrededor, contemplando las  siluetas de los oscuros árboles, temiendo los amarillos y encendidos ojos de los animales que le observaban agazapados en la maleza, acongojado por los sonidos de las aves nocturnas que graznaban a su paso. El olor a azufre se hacía más y más intenso. Decidió entonces descolgarse el acordeón de la espalda para tocar y espantar su miedo haciendo así más llevadero el camino. Iba ya por la tercera canción cuando entrando al compás exacto, en el momento oportuno, otro acordeón le contestó en la lejanía, devolviéndole mejorada la misma melodía que él tocaba. —¿Quién va?— Preguntó Francisco a la negra noche dejando de tocar. Solo obtuvo por respuesta otra estrofa de acordeón. ¿Quién sería la persona que con gran destreza le retaba en duelo musical? Esta vez fue él quien continuó con la siguiente estrofa de la misma melodía. Cuando terminó la canción, bajó del burro y caminó un par de pasos con su acordeón sobre  el pecho. El olor a azufre era insoportable y las nubes violetas que taparon completamente a la luna hicieron que la selva fuera completamente oscura. Volvió a colocar sus dedos sobre las teclas del acordeón y comenzó una nueva canción provocando a su rival para continuar el duelo musical. Un par de notas antes de terminar su estrofa, el otro acordeón tomó el relevo de la melodía y subió el nivel de la competición, a lo que Francisco respondió con mayor viveza y mejor ejecución tras aguardar su turno. Las estrofas, vertiginosas, se sucedían una tras otras. Si un músico aumentaba el ritmo, el otro lo duplicaba, si uno tocaba con notas agudas, su rival bajaba hasta sonidos tan graves que casi eran imposibles. Los oídos de Francisco parecía que iban a estallar, sus dedos se movían ágiles y casi descontrolados por el teclado, los acordeones se pisaban tocando las mismas notas, ninguno de los músicos le daba un segundo de tregua al otro. La espalda de Francisco comenzaba a humedecerse por el sudor del esfuerzo en el duelo mientras se preguntaba quién sería aquel hombre que tan duramente le hacía frente y que parecía saber todas las canciones de antemano. Nada podía pararles hasta que, de repente, un brillante haz de luz cegó a Francisco y le hizo caer al suelo mientras se cubría el rostro con su acordeón. La música cesó, la luz aún seguía allí y Francisco bajó lentamente su instrumento al tiempo que abría los ojos. Cuando su vista se acomodó al cambio de luz, contempló horrorizado la figura de casi tres metros de alto que se encontraba frente a él. Era delgado, con una estructura equina de cintura para abajo, tal y como su propia sombra había reflejado sobre la pared esa misma noche al salir del pueblo. Su pecho estaba desnudo, cubierto solamente por un acordeón. Desde los laterales de su cabeza crecían dos enormes cuernos curvos que acababan en punta. Entendió el músico, desde el suelo, entonces, que la persona que le estaba retando en aquel duelo musical era el mismísimo demonio y que si perdía en aquel duelo, este, se llevaría su alma dejando su cuerpo muerto a merced de las bestias de la selva. Urdió Francisco un plan para asegurarse la victoria en aquel duelo, comenzó a tocar una melodía nueva, una que el demonio desconocía y no podía igualar, ni si quiera tocar, el credo al revés con su acordeón. Tuvo que hacer un esfuerzo para colocar mentalmente cada compás al revés, cosa que despistó a Satanás, hasta que finalmente logró reordenar toda la melodía en orden inverso. Tal fue la impotencia del demonio al no poder superar la destreza de Francisco que finalmente dio por perdido el duelo y volvió de regreso al averno. El brillante rayo de luz desapareció dejando a oscuras en mitad de la selva al músico de Machobayo.

…Y así termina la leyenda de Francisco “El Hombre”, que logró zafarse de la muerte frente al demonio en un duelo de acordeones.
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Dedicado a mi amiga Luz, abanderada y gran defensora de su tierra y de sus costumbres, Colombia.