miércoles, 7 de febrero de 2018

EL CAFÉ DE LOS LUNES



El café de los lunes no es mi mejor relato. ¡Ni de lejos! La veo una historia sencilla, simple, incluso previsible, diría yo, pero con mensaje.

¿Por qué la escribí? Porque no comulgo con esas personas que te incitan continuamente a salir de lo que llaman “Zona de Confort”. Muchas veces, las personas que no dan ese pasito más allá para mejorar sus vidas es porque no pueden, porque hay algo que se lo impide o porque se sienten bien estando donde están.
La primera parte, el planteamiento de la historia, podemos decir que está inspirado en mi vida real. Durante mucho tiempo, desde el colegio hasta el primer trabajo, para mí era un suplicio la conversación de ¿Qué hiciste este fin de semana?


EL CAFÉ DE LOS LUNES
 



Otro lunes más en la oficina. Gonzalo, con cuarenta años, trabajaba pesarosamente en su ordenador. Sin dejar de mirar el reloj de la computadora, esperaba a que llegasen las 10:15,  hora del café del desayuno. Era una persona  algo tímida, aunque luchaba por integrarse en el grupo de compañeros que, tras convivir con él durante los últimos siete meses en la oficina, aún no tenían claro si era un tipo raro o molaba, si era normal o tenía problemas de adaptación. Era consciente de la percepción que sus compañeros tenían de él al haber oído casualmente las numerosas conversaciones en las que aparecía como tema principal y eso le entristecía y dificultaba su empeño por integrarse.
Cuando el reloj  marcó las 10:15, sonrió y se dirigió hasta el pasillo donde, junto a la máquina de café, los empleados charlaban animadamente formando un círculo. Tuvo que pedir permiso para romperlo y llegar a la máquina para servirse un café. Aprovechando su incursión,  se quedó en formando parte del grupo donde, como cada lunes, se daban las novedades sobre cómo habían pasado el fin de semana cada uno de los empleados.
El tema era algo que le incomodaba profundamente, ya que sus fines de semana eran socialmente aburridos y faltos de interés para sus compañeros, casi se avergonzaba de ellos.
A él le gustaba pasar las horas del fin de semana en la habitación que había transformado en taller donde montaba gigantescas maquetas ferroviarias mientras escuchaba discos de Willie Nelson. La NBA era otra de sus grandes pasiones desde que a finales de 1988 la segunda emitiese los partidos de madrugada en un programa llamado “cerca de las estrellas”, cuando él era un quinceañero. Por supuesto, su equipo era Angeles Lakers, que fueron los ganadores del título aquel año. Así pasaba sus fines de semana, entre trenes y partidos de baloncesto televisados.
Gonzalo, con gran resignación al oír el tema, se unió a la reunión con una tímida sonrisa, mostrando su vaso de papel lleno de café descafeinado y leche desnatada.  Casi sintió, por su problema de adaptación, que debía pedir permiso para entrar en la charla aunque sus compañeros jamás le habían dejado fuera, ni hecho el vacío.

-Bueno Gonzalo y tú ¿Qué has hecho este fin de semana? Le preguntó Martínez.
-¿Yo?... Eh… - Comenzó a responder dubitativo- Bueno, he terminado de hacer la estación de trenes de mi maqueta y… En fin, ya me falta poco para terminarla.- Contestó finalmente satisfecho de su maqueta.
-Ajá. ¿Otra maqueta?- Preguntó su compañero.
-Sí, bueno, no… Es… La misma de la otra vez, construyo un poco cada fin de semana.
-Y… ¿Qué más has hecho?- Quiso saber su interlocutor.
-Pues… Vi el DVD de la final de los Lakers contra los Pistons.- Respondió secamente.
-Ya.- Contestó Martínez poco sorprendido por la respuesta.- Gutiérrez ¿Qué has hecho tú?
-Pues llamé a una amiga con la que hacía tiempo que quería quedar, es la amiga de una amiga, más bien.- Comenzó a contar Martínez, que llevaba tiempo deseando que llegase su turno para contestar.- Es una mujer muy guapa y ¡Tiene unas tetas gigantes! Nos fuimos por ahí, cenamos, nos tomamos unas copas y terminamos en su casa. Estuvimos todo el fin de semana…
Gonzalo, triste, desconectó de la conversación. Cabizbajo, siguió aferrado a su café pensando  en las actividades que hacía todo el mundo, menos él, durante el fin de semana. Aunque en su fuero interno pensaba que no necesitaba ninguna actividad extra. Era feliz con sus maquetas, sus partidos de la NBA y sus cedés de Willy Nelson.
Unas risotadas del grupo y una colleja de uno de sus compañeros lo devolvieron al planeta tierra. Una mano lo zarandeo por el cuello mientras que, entre lágrimas por la risa, repetía la última frase de Martínez donde explicaba con detalladamente una de las posturas del acto sexual de su compañero. Gonzalo, con el cuello dolorido, rió sin ganas, solo por aparentar y luchar por su propia integración en el grupo.

Aquel viernes, a la salida del trabajo se pasó por la tienda de maquetas, ya debían tener el pack de árboles para su estación, una caja con veinte abetos Douglas a escala N. Pasó las mañanas y tardes del sábado y del domingo detrás de sus gafas con lupas, trabajando los árboles cuidadosamente con su pincel, dándole los colores exactos para conseguir el mismo realismo que con el resto de la maqueta mientras Willy Nelson cantaba las mismas canciones de siempre. Las noches del viernes, sábado y domingo, las pasó tumbado en el sofá, viendo antiguos partidos de los Lakers, cenando comida china en un envase de cartón, mientras lanzaba contra una pequeña canasta enganchada a la barra de la cortina una pelota de gomaespuma, preguntándose por la estúpida y constante necesidad que tenían las personas realizando actividades que le ocupaban todo el tiempo libre del fin de semana.
Llegó la hora del café del siguiente lunes y la tradicional reunión para ponerse al día sobre lo que cada uno  había hecho durante el fin de semana.

-…Fue estupendo, es un subidón de adrenalina cuando te disparan con los lásers e intentas correr y esconderte para que no te duelan los disparos, porque en el peto que te ponen llevas unas placas metálicas con unos  sensores que te aplican una pequeña descarga eléctrica cuando alguien te dispara con su pistola laser.- Estaba contando Guerrero cuando Gonzalo llegó.
-Sí, es cierto, yo jugué el mes pasado y pensaba ir esta semana también pero al final mi mujer se empeñó en ir a ver una maratón de películas de cine europeo en los multicines Kinepolis, un puto coñazo de cine experimental.- Apuntó Delgado.
-Gonzalo ¿Cómo has pasado el fin de semana? ¿Qué has hecho?- Preguntó Martínez, que parecía ser el moderador de estas charlas. Gonzalo tragó saliva, era otro lunes más en el que no tenía nada interesante que contar.
-Bueno yo…- Volvió a titubear- Vi la final de los Lakers en el 82 contra los 76´ers y también… Terminé de pintar los abetos Douglas de la maqueta… La maqueta de trenes.- Dejó de hablar cuando los comentarios y risas de sus compañeros cesaron ante el aburrimiento de su fin de semana.
-¡Pues yo me follé a la hermana de la de la semana pasada!- Retomó el tema Guerrero ante las renovadas risas de sus compañeros. Gonzalo también volvió a sonreír aunque esta vez con menos ganas y menos tiempo, sintiéndose mal consigo mismo.

El viernes siguiente, en la tienda de maquetas, habían traído nuevos pack de maquetas llamados “Pasajeros de estación IV” y “Bancos y farolas Mod. 32-B” para la estación. Esa misma mañana, durante un descanso aún en la oficina, encontró en internet una nueva web con acceso directo a la final del 72 contra los Knicks y, mientras navegaba por la red, una ventana emergente de publicidad anunció una promoción de comida china, refresco y postre con reparto a domicilio. ¡El fin de semana estaba hecho! El sábado volvió a ocultarse tras sus gafas para pintar con meticulosa precisión los pasajeros que esperarían en la  estación. Por la noche, al lanzar desganado la pelota de gomaespuma contra la canasta falló el tiro y su comida china venía sin el sobrecito de la salsa agridulce.

Lunes por la mañana, otra vez. A Gonzalo ya no le divertía tanto saber qué habían hecho sus compañeros durante el fin de semana pasado, se sentía aún más desplazado del grupo cuando sacaban el tema. En la ronda de preguntas, finalmente, le llegó su turno y sus compañeros dejaron de sonreír y de comentar esperando con aburrimiento a que Gonzalo explicara qué parte de la maqueta había hecho ese fin de semana y qué partido de los Lakers había visto.

-¿Y tú Gonzalo? ¿Qué has hecho este fin de semana?- Volvió a preguntar Martínez.
-Este fin de semana... Pues yo… Eh… Yo este fin de semana he…- Dudó al responder.  No quería volver a contar lo mismo de todos los lunes, quería integrarse en el grupo y ser divertido como el resto de sus compañeros, así que hizo lo único que podía hacer, ¡Mentir!- Fui a… ¡Esquiar!- Terminó su frase satisfecho con su mentira.
Un silencio se produjo en la reunión, la respuesta sorprendió a todos y Gonzalo levantó las cejas como señal de victoria mientras que recorría las caras de asombro de sus compañeros. Finalmente fue Martínez, siempre Martínez, quien rompió el silencio.
-¿Esquiar? ¿En junio?
-Sí, fui a… -Gonzalo tragó saliva ante la situación en la que se había metido con su mentira. Necesitaba una respuesta convincente y la necesitaba rápido. -A Xanadú, al centro comercial Xanadú.
-Sí es cierto, han montado una pista de nieve artificial y está muy lograda. Mis hijos fueron con mi ex el fin de semana pasado y se divirtieron mucho.

Gonzalo suspiró aliviado, se sintió orgulloso de su mentira pero había estado muy cerca de ser descubierto. Martínez seguía mirándolo incrédulo.

De camino a la tienda de maquetas y de  la tienda de maquetas a casa, cargado con el pack “Personal de estación Nº 5”, pensó en lo bien que se sentía habiendo ido a esquiar el fin de semana anterior, aunque fuera una gran mentira. Era como ser aceptado en la manada del grupo de los lunes junto a la máquina de café. Lo único que le preocupaba de su mentira era la falta de consistencia de la misma, había estado muy cerca de ser descubierto. Si quería seguir mintiendo debía trazar un plan, una agenda de actividades falsas que supuestamente realizaría durante los fines de semana de los próximos tres meses.
Al llegar a casa, ilusionado por su plan, pulsó el botón de play y subió el volumen para oír a Willy Nelson. Lanzó al sofá su portafolios y se dirigió al escritorio, del que apartó todos los cuadernos y libros sobre maquetas  y extendió una enorme cartulina sobre la que comenzó a dibujar un enorme calendario en el que solo aparecían los lunes de cada mes y las mentiras a contar. Cuando lo terminó aplaudió dando un salto, emulando el gesto de su jugador favorito dela NBA.
Lunes tras lunes, a la hora del café, las mentiras de Gonzalo, tan elaboradas y detalladas gracias a las horas que pasó en internet buscando información, cargadas de pequeños detalles y anécdotas que le daban realismo al relato, entretenían a sus compañeros.  Aprendió a mentir con tal perfección que casi se creía sus propias historias. Poco a poco los lunes se sucedían haciendo que Martínez le preguntase a él primero, ya nadie quería oír otras historias, ni siquiera los ligues de Guerrero les entretenían tanto. Se había convertido en el centro de atención del café.

-… Pues he estado haciendo un curso de submarinismo en Conil. Es un espectáculo. Estar sumergido bajo el agua, sentir tu propia respiración, quedarte inmóvil hasta que los peces se acostumbren a tu presencia y que luego te dejen bucear con ellos. Es muy curioso, si los sigues te enseñan sitios entre las rocas a los que nunca irías por tu propia voluntad. Además, que te pillas el AVE y desde la estación de Santa Justa coges un tren a Cádiz y llegas el mismo viernes… Equitación, conseguí unos paseos de hora y media en la escuela de equitación de Villanueva de la cañada ¡Madre mía, cómo se mueve un bicho de esos! Y, además, son enormes. Nunca había visto un caballo de cerca y tienen una cabeza tan grande como las tetas de la que se folló Guerrero la semana pasada. Total que ya me quedé en el pueblo paseando, os sorprendería la de ruinas y castillos antiguos que hay por los pueblos de España y que no visitamos… ¡Deportes extremos! El sábado hicimos  puenting  y el domingo paracaidismo. Eso sí que es una descarga de adrenalina y no lo de los lasers del mes pasado. Santo dios, un tío muy gallito que quiso saltar el primero, que  incluso casi salió a hostias con otro con tal de saltar antes que nadie, bueno pues en mitad del salto, de la adrenalina y el subidón que te entra ¡Se cagó en los pantalones!  ¡En serio! Y eran de color claro… Joder, nadie quiso saltar con el mismo arnés… Noche de miedo en Aranjuez, en serio, no pienso ir más. Al principio te lo venden como un espectáculo, una cena, las luces que parpadean, un par de tíos disfrazados en plan fantasmas, muy logrados, eso sí, pero lo quieras o no sabes que son actores. La cosa es que tras la cena, cuando casi todos se fueron a sus habitaciones a dormir, vi al monitor hablando en petit comité con algunos de los del grupo y planearon una sesión de espiritismo, por supuesto que me apunté y vaya acojone…

Llegó el último fin de semana del mes de septiembre y Gonzalo se sentó frente a su enorme maqueta, se colocó sus gafas con lupas, eligió cuidadosamente un pincel tras examinarlos todos a través de las lentes de aumento y extendió la mano para coger algo con lo que trabajar… Soltó al maquinista y luego al revisor, y a la señora que empujaba el carro de su bebe. Los pasajeros y árboles, los trenes y bancos, las montañas y railes estaban terminados. Tras meses y meses de dedicación, por fin la maqueta de trenes estaba terminada. Soltó las gafas en un lado de la mesa de trabajo y, recostándose aburrido, sin nada que hacer, en el respaldo de su silla, contempló el calendario de actividades falsas. Ese lunes tendría que contar lo emocionante que fue montar en moto de agua en las playas de Denia y lo bien que comió en un restaurante que encontró en el paseo marítimo llamado “Estanyo”, y lo tranquilo y relajado que estuvo en el Spa del hotel.
Se quedó mirando fijamente aquella cartulina en la que, a rotulador azul, estaba reflejada la vida que realmente le hubiera gustado vivir, los momentos que jamás sucedieron. Se sintió vacío y triste. Alargó la mano, apagó el equipo de música con el mando a distancia y volvió a mirar la cartulina. Se frotó los ojos, miró los trazos rojos en forma de cruz que marcaban los fines de semana que había dejado pasar, consultó su reloj y, por última vez, miró la última fecha del calendario titulada: Playa Denia.

Quince horas más tarde, embutido en un traje corto de neopreno y riendo a carcajadas como un niño pequeño, le temblaba el cuerpo sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, algo real: Los 250 caballos del motor de una moto de agua sobre las olas del mar. 


domingo, 3 de diciembre de 2017

TRES PLANTAS EN ASCENSOR

Ya tenía yo ganas de rendirle tributo a la persona que ha llenado de Rock y de Swing las noches de mis últimos domingos. Alguien que con su música y su arte convierte este mundo en un lugar un poquito mejor. Hacía tiempo que quería escribir una historia basada en alguna de sus canciones pero no terminaba de decirme, hasta que una tarde en el trabajo, en la que "no había que trabajar", me decidí por la historia que se narra en "La ragazza del elevatore" y en su segunda parte "Bajo el sol de medianoche" y allí mismo, en mi cuaderno, comencé a darle forma.

Este es mi regalo para Andrés Herrera "Pájaro" y para todo el que contribuyó a ese sonido platerésco, tan peculiar, que creó nuestro querido Silvio.

Agradecerle, también, la ilustración de la historia a María Carmona, que  le ha dedicado su tiempo para que todo fuese perfecto.


TRES PLANTAS EN ASCENSOR

Los zapatos nuevos me aprietan los pies, en la zapatería me resultaban más cómodos. Después de la noche de juerga han perdido su brillo. La mañana es fría, aún no ha salido el sol completamente. Siento cómo la última copa de ponche flota en mi cabeza y me hace perder el equilibrio hasta tropezar y apoyarme en la pared para no caer. Disimulando el traspié, aprovecho para detenerme en el camino de vuelta a casa y  descansar. Me enciendo un cigarrillo, es el último del paquete de ducados. Lo arrugo y lo hago una bola, busco una papelera para tirarlo pero, al no ver ninguna, disgustándome conmigo mismo, lo tiro bajo un coche. Al darle la primera calada a fondo, toso escandalosamente. Dejo que el aire limpio de la mañana purifique mis pulmones para volver a contaminarlos con otra calada del cigarrillo.
Fumando tranquilamente, apoyado contra la pared, empiezo a pensar que tengo una edad en la que trasnochar tanto no es buena idea. Mi cuerpo lo acusa, ya no tengo veinte años, tengo casi el triple, mi pelo se ha vuelto canoso y ya no aguanto el alcohol como antes. Las resacas me suelen durar ocho días en lugar de ocho horas. Realmente el alcohol nunca me sentó bien. Hago balance y, definitivamente, he cometido muchos errores en mi vida, he conseguido apartar de mi lado a todos los que alguna vez me quisieron, a la gente que le importaba, especialmente mujeres.
Dejo de pensar y me siento mejor. Recompongo mi aspecto, coloco el cuello de mi camisa. Los rayos del amanecer empiezan a asomar, saco mis gafas de sol del bolsillo de la chaqueta y continúo el camino de vuelta a casa.

Doblo la esquina y veo cómo se encienden las luces de mi portal. Miro el reloj de mi muñeca pero lleva parado desde las 04:15 de la madrugada. Sigo caminando, la puerta del edificio se abre y ella sale vistiendo el uniforme de su colegio: su falda de cuadros escoceses verdes y rojos, sus enormes y feos zapatones negros, los leotardos de color azul oscuro, el pico del chaleco dado de sí, premeditadamente, para mostrar el escote, una fina cadena de oro adorna su blanquecino cuello y cae entre sus pequeños y firmes pechos. Tiene una cara angelical, ligeramente cubierta por algo de maquillaje, pero tras esa máscara de inocencia se esconde lo que Nabokov llamaría una auténtica nínfula.
Me cruzo con ella, le dedico una sonrisa y trato de darle los buenos días pero gira la cabeza y no me presta atención. Me atraganto con el humo del cigarrillo, las cuerdas vocales se me hacen un nudo y solo soy capaz de gruñirle algo ininteligible. Maldigo mi estupidez. Apago el cigarrillo en el macetero de la entrada y la puerta se cierra estrepitosamente en mis narices a pesar de haber acelerado el paso para evitarlo. Rebusco las llaves en los bolsillos.

Entro en el portal, la luz se apaga justo cuando estoy subiendo las escaleras de la entrada, protesto por la oscuridad de forma que ni yo mismo me entiendo. Pulso el interruptor y la vuelvo a encender. Ahora me molesta tanta claridad a pesar de llevar puestas, todavía, las gafas de sol. Camino lentamente hacia el ascensor, mis zapatos resuenan contra el mármol del suelo. Pulso el botón de bajada y una lucecita de color naranja apagado ilumina el panel. Lo oigo bajar, con su sonido rítmico y acompasado Tucúm-tucúm, la maquinaria suena como un instrumento de percusión Tucúm-tucúm, marcando el compás Tucúm-tucúm. Es hipnotizador, pienso en escribir una canción con ese ritmo Tucúm-tucúm.
Oigo cómo se abre el portal, unos zapatos suben con urgencia las escaleras, los cristales de la entrada vibran con el portazo y por fin… ¡ella otra vez! Jadeando tras la carrera. Sigue ignorándome, esconde la cabeza en el interior de su mochila y busca algo que no encuentra. Deduzco que se le ha debido olvidar algún libro o cuaderno importante del colegio. El ascensor llega y, caballerosamente, le abro la puerta. Entra malhumorada, se apoya contra el cristal y, con la mirada perdida en el techo, cruza los brazos sosteniendo una carpeta. Entro detrás de ella, cierro la puerta, pulso el botón de mi planta y me vuelvo a maldecir por por vivir en el tercero y no en el ático para poder enterarme, al menos, de cuál es su planta.

El marcador sobre los botones indica que estamos en la primera planta. No sé ni su nombre, solo conozco a su madre porque siempre me mira mal en las reuniones de vecinos y aprieta su bolso contra el pecho cuando nos cruzamos en el portal.
Me fijo en su  carpeta, está forrada con fotos de un chico un par de años mayor que ella. Debe ser su novio. Me gustaría regalarle una foto mía sobre el escenario tocando la guitarra pero no estaría bien. Hago un esfuerzo profundo para oler su colonia, un perfume que sale de su cuello y se entremezcla con mi olor a ponche y ducados.
Cuando vamos a mitad de camino, las luces del panel forman un dos. Pienso en invitarla a desayunar, seguro que va a hacer novillos, no va a entrar a primera hora y sé que aún me queda un billete de veinte arrugado en algún lugar de la cartera. Sería un buen plan, aunque solo sea un café, lo que sea por pasar más tiempo con ella que el que transcurre en nuestros viajes en ascensor. ¡Cómo me gustaría besarla!
Al llegar a la tercera planta pienso -¿Qué estoy diciendo?- Soy mucho mayor que ella y su madre podría denunciarme a la policía, terminaríamos en los juzgados y saldría culpable. Vuelvo a sonreírle y ella vuelve a ignorarme, pero esta vez detecto un leve gesto en sus labios, un conato de sonrisa. Cierro la puerta del ascensor y oigo como este reanuda la marcha con su Tucúm -Tucúm y vuelvo a pensar en mi vecina -No me importaría ir a presidio por ese beso.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA LEYENDA DE FRANCISCO "EL HOMBRE".

Fue a principios de los 90 cuando por primera vez escuché hablar de Francisco en una canción llamada la "Hamaca grande". La segunda vez fue leyendo "Cien años de Soledad" de García Márquez, libro que me regaló mi amiga Alexandra. Entendí entonces que, Francisco era un hombre relevante en la cultura colombiana y decidí buscar información sobre él. Su leyenda me pareció lo bastante entretenida como no dejarla pasar, para llevarla a mi terreno, y esperar a subirla en este día 1 de Noviembre.


LA LEYENDA DE FRANCISCO "EL HOMBRE"



La música de acordeones, tambores y guitarras sonaba viva y rápida desde la tarima a un mismo compás. Las muchachas con vestidos blancos bailaban alegres con sus novios o con los jóvenes que, estrenando traje y sombreros de colores claros, pretendían serlo. Eran días feriados en Riohacha y aquella noche todo el mundo salió a festejar a la plaza, incluido Francisco Moscote, famoso acordeonista, conocido y aplaudido en todo el departamento.
Los lamentos y aplausos se mezclaron en el aire cuando el músico se despidió cariñosamente tras terminar su última canción súbitamente, como debe acabar un vallenato.
Terminaba ya su cuarta botella de ron con sus amigos y vecinos del lugar cuando decidió colgarse a la espalda su acordeón para emprender el viaje de vuelta a casa, no sin antes pagar una última botella para el camino. Tambaleándose y con la sonrisa empapada en sudor y alcohol, desató a su burro y, tirándole de la soga, caminó con él hasta la salida del pueblo, saludando a los vecinos que volvían a sus casas después de la fiesta tocándose el ala del sombrero.

Francisco siempre había sido un hombre de honor, querido y respetado, valiente y cabal pero, ya fuera por el alcohol o por el enrarecido cielo oscuro adornado con nubes violetas que parcialmente ocultaban la luna con sus diferentes formas y que a él se le antojaba anticipo de mal augurio, sentía temor hasta de su propia sombra que, mezclada con la de su burro, se proyectaba deforme en la pared dando lugar a una extraña y oscura criatura, mitad humana mitad equina.

Llegado a la  selva se detuvo, sintió cierto pavor, se le antojó más negra y oscura de lo habitual pero se convenció a si mismo de que nada malo le esperaba en el interior de la naturaleza. Había recorrido aquella espesura mil veces en su vida y conocía todos los caminos de la Guajira, desde Riohacha hasta Machobayo, donde nació. Lejos del calor de la plaza del pueblo y del abrazo de la gente, sintió cómo el frio de la noche comenzaba a calarle hasta los huesos así que le dio un largo trago a su botella de ron, se colocó su ruana y subió a su burro para adentrarse en la selva.
Entre trago y trago de ron, tarareaba viajas canciones del lugar, repasando las historias de los  hombres de Colombia y de los lugares que en ellas se contaban, historias que, generación tras generación, se habían ido pasando y a las que alguien, en algún momento, decidió ponerles música. La niebla se hacía espesa y las sombras de los árboles y de las aves nocturnas se hacían cada vez más fantasmagóricas. Ocurrió entonces que, de tanto alcohol, Francisco sintió la llamada de la naturaleza y su vejiga le pidió orinar. Descendió de su burro al que le pidió con un arrumaco que no le abandonase, buscó el oportuno tronco de un árbol y comenzó a orinar. Miró a la copa de un árbol donde, desde una rama, un búho le miraba con sus enormes ojos amarillos.
 —Buenas noches pequeño— , le saludó Francisco, que solo obtuvo un giro de cabeza de ciento ochenta grados como respuesta por parte del animal. “Mal educado” pensó sonriendo mientras se vestía caminando hacia su burro para continuar su regreso a casa cuando un fuerte olor a azufre llegó hasta su nariz. ¿De dónde provenía aquel olor?
Montó temeroso y reanudó el camino mirando a su alrededor, contemplando las  siluetas de los oscuros árboles, temiendo los amarillos y encendidos ojos de los animales que le observaban agazapados en la maleza, acongojado por los sonidos de las aves nocturnas que graznaban a su paso. El olor a azufre se hacía más y más intenso. Decidió entonces descolgarse el acordeón de la espalda para tocar y espantar su miedo haciendo así más llevadero el camino. Iba ya por la tercera canción cuando entrando al compás exacto, en el momento oportuno, otro acordeón le contestó en la lejanía, devolviéndole mejorada la misma melodía que él tocaba. —¿Quién va?— Preguntó Francisco a la negra noche dejando de tocar. Solo obtuvo por respuesta otra estrofa de acordeón. ¿Quién sería la persona que con gran destreza le retaba en duelo musical? Esta vez fue él quien continuó con la siguiente estrofa de la misma melodía. Cuando terminó la canción, bajó del burro y caminó un par de pasos con su acordeón sobre  el pecho. El olor a azufre era insoportable y las nubes violetas que taparon completamente a la luna hicieron que la selva fuera completamente oscura. Volvió a colocar sus dedos sobre las teclas del acordeón y comenzó una nueva canción provocando a su rival para continuar el duelo musical. Un par de notas antes de terminar su estrofa, el otro acordeón tomó el relevo de la melodía y subió el nivel de la competición, a lo que Francisco respondió con mayor viveza y mejor ejecución tras aguardar su turno. Las estrofas, vertiginosas, se sucedían una tras otras. Si un músico aumentaba el ritmo, el otro lo duplicaba, si uno tocaba con notas agudas, su rival bajaba hasta sonidos tan graves que casi eran imposibles. Los oídos de Francisco parecía que iban a estallar, sus dedos se movían ágiles y casi descontrolados por el teclado, los acordeones se pisaban tocando las mismas notas, ninguno de los músicos le daba un segundo de tregua al otro. La espalda de Francisco comenzaba a humedecerse por el sudor del esfuerzo en el duelo mientras se preguntaba quién sería aquel hombre que tan duramente le hacía frente y que parecía saber todas las canciones de antemano. Nada podía pararles hasta que, de repente, un brillante haz de luz cegó a Francisco y le hizo caer al suelo mientras se cubría el rostro con su acordeón. La música cesó, la luz aún seguía allí y Francisco bajó lentamente su instrumento al tiempo que abría los ojos. Cuando su vista se acomodó al cambio de luz, contempló horrorizado la figura de casi tres metros de alto que se encontraba frente a él. Era delgado, con una estructura equina de cintura para abajo, tal y como su propia sombra había reflejado sobre la pared esa misma noche al salir del pueblo. Su pecho estaba desnudo, cubierto solamente por un acordeón. Desde los laterales de su cabeza crecían dos enormes cuernos curvos que acababan en punta. Entendió el músico, desde el suelo, entonces, que la persona que le estaba retando en aquel duelo musical era el mismísimo demonio y que si perdía en aquel duelo, este, se llevaría su alma dejando su cuerpo muerto a merced de las bestias de la selva. Urdió Francisco un plan para asegurarse la victoria en aquel duelo, comenzó a tocar una melodía nueva, una que el demonio desconocía y no podía igualar, ni si quiera tocar, el credo al revés con su acordeón. Tuvo que hacer un esfuerzo para colocar mentalmente cada compás al revés, cosa que despistó a Satanás, hasta que finalmente logró reordenar toda la melodía en orden inverso. Tal fue la impotencia del demonio al no poder superar la destreza de Francisco que finalmente dio por perdido el duelo y volvió de regreso al averno. El brillante rayo de luz desapareció dejando a oscuras en mitad de la selva al músico de Machobayo.

…Y así termina la leyenda de Francisco “El Hombre”, que logró zafarse de la muerte frente al demonio en un duelo de acordeones.
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Dedicado a mi amiga Luz, abanderada y gran defensora de su tierra y de sus costumbres, Colombia.