martes, 5 de septiembre de 2017

48 MINUTOS MÁS





Mascando chicle parece un camello moviendo la mandíbula. Está sentado en el banco de madera. Mueve compulsivamente las piernas, con energía, para desentumecer los músculos. Las tiene muy abiertas. Las manos, parcialmente vendadas, sobre las rodillas. Tiene la mirada perdida en el suelo cubierto de pequeños trozos de barro agujereado por los tacos de las botas y de briznas de hierba.
Una respiración  profunda provoca que las aletillas de la nariz se le extiendan y contraigan, el pecho se le hincha y el aire sale por una boca cuyos labios forman una o. Siente sed, bebe de pequeño bidón de plástico, luego otro trago más que mantiene en la boca para humedecerla y que luego escupe con fuerza para que llegue al cubo del rincón que tiene más cercano. Finalmente, otro trago para terminar de saciar la sed.
Está aislado del resto del mundo, aislado de sus compañeros, se siente responsable, bajo presión pero tiene nervios de acero y sabe controlar la situación. ¡Es el capitán!
Su concentración es máxima: focaliza, analiza, visualiza la victoria.
-¿Estamos, joder?- Pregunta el entrenador en voz alta, tras dar las instrucciones, dando una fuerte palmada que lo saca de su concentración. Piensa en el tiempo en el que puede llevar hablando su entrenador, podrían haber sido minutos u horas y no se habría enterado. -¡Capitán! ¿Estamos, hostias?- Le pregunta ahora individualmente. Contesta afirmativamente con un seco movimiento de cabeza sin dejar de mascar chicle con la boca abierta y rápidamente vuelve a su mundo. Cierra los ojos y vuela a su zona de confort para relajarse: hielo, una temperatura bajo cero que no le afecta, solo le calma.  Siente el aire gélido recorrer su nuca y la parte posterior de sus orejas. Allí, en ese clima hostil para muchos, se siente poderoso.
Hace ejercicios con el cuello y los hombros para estirar los músculos.
El timbre, inoportuno, lo devuelve definitivamente al vestuario del estadio con su sonido eléctrico y chisporroteante. Se levanta de un salto, como un resorte. Sus compañeros van saliendo al pasillo dándose golpes en pecho y en el culo unos a otros para animarse. Estira un poco más para hacer tiempo y salir el último del vestuario. Es su manía.

-48 minutos más tarde-

La situación no ha mejorado. Aunque el empuje de su equipo es fuerte y continuo el marcador sigue empatado a uno.
Casi no ha tenido que intervenir, ha pasado la mayor parte del partido fuera del su zona, al borde del área.
Las ocasiones de adelantarse en el marcador se suceden cada vez con más frecuencia una tras otra, pero infructuosamente, y el tiempo se agota poco a poco. Solo una ocasión más antes de que todo termine.
El balón rebota en la pierna de un defensor contrario y el árbitro señala la esquina del terreno de juego. Él camina lentamente hasta situarse a pocos metros del centro del campo. Se detiene, cierra los puños y contempla el estadio: las gradas llenas, los aficionados gritan animando a su equipo, aplauden rítmicamente al mismo son, agitan banderas que colorean las gradas del estadio.
La piel se le eriza, un escalofrío le recorre el cuerpo. Cierra los ojos, vuelve a su helada zona de confort y una idea, una visión, toma forma en su cabeza. Abre los ojos, mira al banquillo, no tiene que decirle nada a su entrenador, ya sabe lo que piensa, y este acompaña el gesto de sus brazos dándole permiso con un grito. Los ojos se le abren como platos y comienza a correr. A su paso, el público de la grada se pone de pie, algunos incluso se suben a sus asientos. Unos lo señalan, otros le animan a seguir, algunos avisan a sus acompañantes de la acción que está ocurriendo. Todos están gratamente sorprendidos.
Su compañero ya ha colocado el balón en la esquina para ponerlo en juego. Da tres pasos hacia atrás, pero no saca, le espera. Él sigue corriendo rápido,  pensando en el momento. No sabe cuándo volverá a vivir otra situación así ni si volverá a vivirla, no sabe cuándo jugará otra final. Solo sabe que el momento, su momento, es ahora.
El encargado de sacar da una pequeña carrera y golpea el balón. Se eleva, vuela. Él ya ha llegado a área y sigue avanzando buscando ese balón que sigue subiendo mientras gira sobre sí mismo. Salta más que  nadie, supera al delantero de su equipo en el salto, a los defensas que ha arrastrado en su incursión en el área, incluso al defensor que cubría a su compañero. El balón está a menos de  medio metro de su frente. El corazón se le detiene, se le detiene a él, a sus compañeros, a sus rivales y a los aficionados, tanto dentro como fuera del estadio. La vida se para, no oye nada, no hay gritos del público, solo el suave susurro del viento helado rompe el silencio. El aire frío vuelve a recorrer su cuello y la parte posterior de sus orejas. Un sonido seco suena cuando, vigorosamente, golpea el balón con la frente impulsándolo hasta dentro de la portería.

martes, 8 de agosto de 2017

MAGDALENAS CÓSMICAS



Llevaba tiempo preguntándome cuál de las pequeñas historias que tengo en la cabeza sería la próxima. Al final me he decidido por esta sobre el espacio exterior y ¿por qué? Simplemente porque llevo dos o tres días en los que los planetas se han “alienado” para que solo vea cosas en la televisión sobre extraterrestres y vida en otros planetas.
Esta no es una de mis historias al uso, con un principio, un nudo y un desenlace. En este escrito me he traicionado a mí mismo con algo que suelo criticar, y con bastante dureza, y son los escritos, tanto en prosa como en poesía, sobre las propias reflexiones y, como es una composición a la que no le doy mucha importancia, tampoco se la he dado al título y la he llamado así, que es una anécdota sacada de una historia que oí una vez.



MAGDALENAS CÓSMICAS

Al llegar a casa todo está oscuro, no enciendo la luz, solo pulso el botón rojo del mando a distancia de la televisión y dejo que las luces que producen los rayos catódicos iluminen la sala con tonos azules y oscuros. El canal musical emite el video de la canción Lady Blue de Enrique Bunbury.
Abro el mueble bar y saco un vaso grande de cristal, está caliente. Al abrir el congelador una sensación helada me refresca, respiro hondo aunque el aire no sea puro y venga cargado con olor a pescado. La cubitera está atrapada por una roca de hielo. Me peleo para poder liberarla y gano. Vacío media cubitera en el vaso y los hielos comienzan a resquebrajarse, me gusta ver el efecto de las diferentes temperaturas. Pronto el vaso se vuelve traslucido por la acción del frio y oigo cómo Andrés Calamaro canta unos versos sobre el fuego sobre la superficie lunar.
Al abrir la nevera siento la potencia de los imanes cerrando la puerta herméticamente para conservar los alimentos, oigo el tintineo de las botellas de cristal chocando unas contra otras. La sala se tiñe con una suave luz anaranjada, como la del amanecer de las mañanas de verano, primero solo un pequeño haz de luz que choca contra el mando de aluminio brillante del grifo del fregadero produciendo pequeños destellos, luego la luz se va expandiendo y cubriendo gradualmente los pequeños rincones y aparatos de la cocina. La cafetera y el exprimidor proyectan sombras que escalan por los azulejos de la pared y la luz amarillenta ilumina la encimera de frío  mármol reflejándose contra el techo. Abro la botella de refresco de cola y siento la explosión de gas en su interior, al perder presión se deforma adoptando la forma de mi mano. La coloco sobre el vaso y, lentamente, para que no rebose, dejo que el vaso se vaya llenando. El cristal se vuelve oscuro, coronado por una espuma de color marrón claro. Paro justo antes de que el vaso se colme. Me coloco sobre su vertical con los ojos lo más cerca posible del borde del vaso y espero que comience el espectáculo. La espuma marrón se diluye y mil burbujas emergen desde  el fondo hasta la superficie, ver eso siempre me recuerda el momento en el que el Halcón Milenario pasa a la velocidad de la luz. Las burbujas cesan y con algo  de decepción por el fin del espectáculo le doy un trago al refresco.  Me  giro para subir el volumen de la televisión antes de salir a la terraza, pero la canción me hace detenerme, ahora son los U2 los que cantan:


“…Volar los cielos amistosos
A través de aparatos de la ciencia
Tenemos que el anillo de confianza
Y no tengo ninguna brújula
Y yo no tengo mapa
Y no tengo razones
No hay razones para volver
Y no tengo ninguna religión
Y yo no sé qué es lo que
Y no sé el límite
El límite de lo que tenemos…”

Salgo y me tumbo bocarriba sobre el césped artificial que aún está recalentado por la luz solar, aunque ya sean casi las dos de la mañana. Me fijo en que el delgado y largo tubo que sostiene la antena de Televisión está pintado de blanco justo hasta donde termina la pared y que al mezclarse con la oscuridad del cielo nocturno me cuesta seguir su recorrido hasta el final. Me paro a analizar la cantidad de antenas de todas las formas y tamaños, cables, repetidores y parabólicas orientadas hacia todos los lugares que hay sobre mi tejado. Un avión cruza entre dos antenas, está lejos, no oigo su sonido, solo veo sus luces intermitentes rojas. Viaja rápido y recto. ¿Hacia dónde irá? Siguiendo su recorrido llego hasta un cercano y grueso cable que une una de las antenas de mi azotea con otra de otro edificio. ¿De qué será ese cable? ¿Qué información llevará? Qué antiguo me parece en estos días un cable tan grueso. Ahora, rodeando el planeta tierra, debe haber mil satélites que lleven la misma información, pero de forma más rápida y con mejor señal, de la que lleva ese cable. Cierro los ojos e imagino que atravieso una nebulosa, nubes verdes, frías y espesas, como la aurora boreal vista desde Islandia, que mágicamente dividen el cielo en colores rosas y violetas, y  luego una lluvia de asteroides. Cuando el espacio se despeja puedo oír los repetitivos  BIP-BIP de la información viajando a través del espacio, un código binario que nunca he conseguido entender. Imagino miles de letras verdosas agrupadas formando enormes paredes de información que viajan de un lado a otro y en todos los planos, en todas las direcciones. Ondas binaurales que transportan miles de fonemas, notas musicales, palabras, todo el sonido del planeta. Letras y unos y ceros que leídos y traducidos debidamente se transforman en imágenes y en sonidos, y veo a un enfurecido Donald Trump gritando con su traje azul y corbata roja, un leopardo corriendo rítmicamente por la sabana africana, Fernando Alonso siendo adelantado en una curva mientras maldice, Robbie Williams sosteniendo un premio dorado lanzando un mensaje de agradecimiento por video conferencia mientras su imagen se pixela haciendo que la voz no concuerde con el movimiento de sus labios, una brillante y transparente medusa abriéndose y cerrándose mientras va expulsando algún líquido para impulsarse en un mar tan oscuro como el cielo, antiguos indios aztecas adorando a una pirámide escalonada mientras el sol proyecta la sombra de una serpiente descendiendo por los escalones del templo, Leonardo Di Caprio con una camisa de manga corta blanca abierta mientras que, a través de un micrófono, grita algo acerca de llevar a su compañía hasta la maldita estratosfera. Veo a terroristas árabes corriendo hacia la puerta de un cuartel haciendo estallar cargas explosivas ocultas en sus ropas, Ángela Merkel calmada, dando un discurso sobre restricciones monetarias con el icono de la CNN sobre su cabeza, una gigantesca sierra redonda dándole forma al tronco de un árbol, Zidane vestido del Real Madrid empalmando un balón caído del cielo, el transbordador Challenger estallando en una gigantesca bola de fuego y el Apollo XIII  subiendo y subiendo hasta desaparecer en el cielo. Y todo eso está tan lejos que vuelvo a recordarme que cuando veo al sol morir en el atardecer, realmente sucedió tan lejos que cuando me di cuenta ya había ocurrido hace siente minutos. Vuelvo a subir al espacio exterior para pensar en lo lejos que está el sol y reflexiono sobre si realmente estamos solos o no en este universo y es justo entonces cuando desde la televisión David Bowie comienza a cantar:

“Hay un hombre de las estrellas esperando en el cielo
Le gustaría venir y encontrarse con nosotros
Pero cree que nos haría perder la cabeza
Nos dijo que no las haría volar
Porque sabe que es todo lo que vale la pena.
Él me dijo: deja a los niños perderla la cabeza,
Deja a los niños usarla la cabeza,
Deja a los niños bailar”

Y pienso en la extendida creencia hecha oficial de que en caso de tener vecinos interplanetarios estos sean infinitamente más avanzados que nosotros y que su único propósito sea colonizarnos  y hacernos sus esclavos. Pero ¿Y si no fuera así? ¿Y si hubiera otras formas de vida extraterrestre que nos enseñasen algo nuevo y bueno, algo que nos mantuviera unidos y en paz unos con otros en lugar de contra otros o si existieran pero nosotros fuésemos sus colonizadores y cuando los encontrásemos ellos aún estuvieran viviendo su particular edad de las cavernas?


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Gracias a David Bowie y al Mayor Tom, fuente de inspiración en estos días.

miércoles, 5 de julio de 2017

Y NOS DIERON LAS DIEZ



Aquí estoy otra vez, dándome el gusto de escribir y por el carril de la adaptación de una canción. Se trata de una de las canciones más hermosas de Joaquín Sabina, al que ya tenía yo ganas de rendirle tributo a mi estilo, en mi campo.
Se trata de la historia que nos cuenta la canción “Y nos dieron las diez” del disco “Física y Química”.
¿Por qué esta canción? Porque lo pedía a gritos. Porque es una canción donde se cuenta una historia tangible, con un principio y un final y en su argumento tiene de todo, camareras, policías, granujas, cantantes… Era carne de experimentación y transformación.

Quiero darle las gracias, y desearle una pronta recuperación, a mi amigo Jesús Dominguez "El Perry" por echarme una mano con la portada, dandole el toque exacto que a mi me faltaba. 

*ACLARACIÓN: Me gustaría volver a recalcar, a efectos legales, que la canción original que inspira esta historia fue escrita en el año 1992 por Joaquín Sabina y que en ningún caso intento atribuirme la autoria de  la misma. Simplemente, haciendo uso de la imaginación, he querido hacer mi  versión particular. Gracias.





Y NOS DIERON LAS DIEZ

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la oscuridad mientras el público seguía aplaudiendo a mis espaladas. Unas pequeñas luces anaranjadas adosadas a la parte más alta del pasillo me guiaban hasta la bajada por la parte trasera del escenario. Gente a la que no acertaba a reconocer me felicitaba dándome palmadas en el hombro, incluso hubo alguien que me colocó una toalla sobre los hombros. Una pequeña botella de agua llegó hasta mis manos justo antes de llegar a la luz.
Ya en mi camerino, les di un abrazo a todos los miembros de mi banda y los felicité por el gran concierto que habían dado.
-¿Se apunta alguien a un cubata en el pueblo?- Pregunté gritando con una sonrisa, pero nadie quiso seguirme. -¡Vamos, carajo! Aún no tenemos cincuenta años, aunque los aparentemos.- Proseguí, pero el resultado fue exactamente el mismo. Los autógrafos y fotos con algunos fans privilegiados y las bromas y abrazos con los amigos siguieron, aunque los insulté entre risas por no acompañarme a tomar algo después del concierto. Coloqué la chaqueta roja sobre el respaldo de la silla y eché la camiseta blanca que llevaba puesta donde siempre, en una bolsa de plástico que colgaba del pomo de la puerta del aseo. Me miré al espejo y me noté más flaco. Me lavé la cara, el cuello, las axilas y el pecho en el lavabo mientras reía con las vivencias del concierto de esa noche que cada músico contaba. Busqué una toalla limpia pero al no encontrarla usé la misma que me habían puesto sobre los hombros al bajar del escenario. Rebusqué entre mi ropa y encontré una camiseta negra. Abrí la pequeña nevera y no tardé en encontrar una botellita de agua que mezclé en un vaso de plástico con whiskey. Me senté en el sillón y descansé estirando las piernas, mientras me terminaba la copa fumando un cigarrillo. Poco a poco, el camerino se fue despejando hasta que me quedé solo, terminando mi tercera copa.

Salí del recinto despidiéndome de todas las personas que encontraba a mi paso. El camino hacia la calle se hizo largo entre las fotos y los autógrafos del resto de fans que allí me esperaba. Rechacé el taxi que uno de los organizadores me quiso pedir, alegando que quería caminar por el paseo marítimo de aquel hermoso pueblo. A cambio, le pedí que me diera un nuevo cigarrillo y fuego.
La noche estaba fresca e invitaba a pasear junto al mar. Sin duda, no me había equivocado rechazando el taxi. Me crucé con algunas personas que se daban codazos sorprendidos al reconocerme. Cuando pasaban por mi lado los podía oír preguntándose entre susurros “¿Es él?” Pasados unos veinte minutos de caminata, me di cuenta de que todos los bares del pueblo estaban cerrados -¡Qué carajo pasará en este pueblo! Aquí no hay un sitio donde tomarse un whiskey.- Pensé justo antes de encontrar “El Amanecer”, el único bar abierto.
El local estaba casi vacío. Era un sitio con paredes de ladrillo visto a media altura y pintado de blanco hasta el techo desde donde terminaba el ladrillo. Por unos grandes ventanales abiertos entraba la brisa marina, limpia y fresca. Estaba dividido en dos salas. Una, la más grande, estaba completamente apagada, llena de mesas recogidas, vestidas con gruesos manteles blancos, con los vasos y platos bocabajo, listas para el servicio del día siguiente. Al final de la sala, sobre un pequeño escenario y entre sombras, se adivinaba la figura de un piano, algunas torres de iluminación y amplificadores. La otra sala era mucho más pequeña. Un mostrador metálico, una puerta que daba a un jardín, unos cuantos clientes que, de pié y con el codo apoyado en la barra, terminaban sus copas.
-¡Voy a cerrar! Lo siento pero no puedo servirle.- Me anunció la camarera desde detrás de la barra. Ella quería cerrar y yo quería una última copa antes de irme al hostal, así que me acerqué a la barra dándole  las buenas noches para saludar. Era guapa, pelo negro, largo y rizado. Abundante pecho sobresaliendo por encima de los botones abiertos de su camisa blanca. Noté cómo le cambió el gesto y el talante al reconocerme. Me sonrió y le devolví el saludo con una sonrisa picarona. Me incliné sobre la barra para rogarle un último whiskey pero fue ella la que se adelantó.
-Cántame una canción al oído, y te pongo un cubata… -Me susurró. Pude sentir su respiración cálida cerca de mi cuello. Un deseo lujurioso me envolvió al notar sus labios cerca de mi oreja. ¡Santo Dios! Me muero por dormir con ella. ¿Cómo será su dormitorio? ¿Qué secretos e historias guardará su colchón? Miles de sensaciones  y preguntas se apoderaron de mí y yo estaba loco por resolverlas.
-Con una condición.- Le respondí.
-¿Cuál?- Contestó entrando en mi juego.
-Que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata.- Le propuse sacando mi artillería poética pesada.
Ella sonrió e instó a los últimos clientes a que se terminasen sus copas y salieran. Así lo hicieron, de uno en uno, mientras ella, taimadamente me servía mi whiskey sólo con dos cubitos de hielo en vaso de tubo. Cuando el último de los clientes se fue, la camarera salió de la barra para bajar el cierre de la puerta. Por primera vez, y por el rabillo del ojo, pude verla de cintura para abajo. Usaba zapatos con tacón bajo aunque elegantes. Vestía falda oscura ajustada que marcaba todas sus curvas, pero el precio que tenía que pagar por llevar aquella falda era caminar con pasos cortos como una japonesa.
No quise parecer ansioso ni llevar las cosas a un nivel emocional profundo, tal y como sentía que estaba haciendo, así que, para distraerme, y aconsejándome a mí mismo “¡Cuidado chaval, te estás enamorando!”, me quedé sentado en mi taburete, haciendo inventario mental de las botellas que poblaban las baldas de la barra. De repente, a medio recuento de botellas de ron y vodka, sentí su dedo índice recorriendo a paso lento mi espalda. Su uña se clavaba en mi piel, a través de la camiseta, dibujando un gigantesco corazón. Súbitamente me volví, le coloqué una mano detrás de la nuca y la acerqué hacía mi para besarla mientras mi otra mano, lentamente, fue subiendo desde sus rodillas hacia el interior de sus muslos, por debajo de la falda. Un minuto y medio más tarde, en el que nuestros cuerpos no habían cambiado de postura, se escapó de mis besos sonriendo, se giró para coger mí vaso y la botella de whiskey que nos acompañaban y se dirigió hacia la sala oscura de las mesas. Miró hacia atrás lascivamente por encima de su hombro y me invitó a seguirla hasta el piano. Se sentó sobre el teclado haciendo sonar un par de notas discordantes que rompieron el silencio del bar y abrió sus piernas, apoyándolas contra el asiento que cada noche ocupaba el pianista de la banda residente. Me senté teniendo como público de primera fila sus piernas desnudas y bien torneadas y allí, entre besos y sonrisas, pagué con canciones cada una de mis copas hasta que terminamos su botella de whiskey y mi repertorio.
-Quiero dormir contigo.- Le dije.
-No quiero dormir sola.- Respondió.

Salimos a la calle, donde las campanadas de la torre de la iglesia marcaban la hora. Caminamos abrazados hasta el hostal donde me hospedaba, besándonos bajo cada farola.
Al llegar, el somnoliento recepcionista la hizo mostrar su DNI y firmar un documento como huésped en mi misma habitación. Ella tardó una eternidad en encontrar la identificación entre las mil cosas que llevaba en su bolso. Mientras, desde atrás, la sujetaba por la cadera susurrándole al oído. Cuando terminó de registrarse empezamos a rodar escaleras arriba, abrazándonos y besándonos  contra los rincones y puertas del hostal. De espaldas y casi sin mirar, logré abrir la puerta de mi habitación sin despegar mis labios de los suyos. Una vez dentro, iluminados por la brillante luz de la luna que entraba por la ventana, cerré lentamente la puerta, la desnudé, me quité la camiseta negra y el pantalón, me tumbé sobre ella y, entre sábanas y besos, volvimos a oír cómo repicaban las campanas que marcaban rápidas el paso de las horas de aquella noche de verano hasta que, finalmente, en esa hora mágica en la que en el cielo se encuentran tanto los últimos reflejos de las luces de la luna como los primeros rayos de sol, ella se despidió besándome en la frente y diciendo “Adiós, Ojalá que volvamos a vernos”.

A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado con los porrazos de mi manager en la puerta de la habitación, poniéndome al corriente del retraso que llevábamos para llegar a la ciudad donde aquella misma noche daríamos nuestro siguiente concierto.
-¡Voy!- Contesté desganado, acariciando el hueco que ella había dejado en mi cama. La echaba de menos y, aunque sabía que debía tratar aquella historia como lo que era, un amor de una noche, no podía. Era casi desesperante, y no hacía ni un par de horas que no la veía.
Los días pasaban lentos, un concierto tras otro concierto, un pueblo tras otro pueblo, a una ciudad le seguía otra, casi sin descanso. Por fin terminó el verano y llegó el otoño, que se me antojó largo y frío sin ella. Yo seguía pensando en aquella camarera que me invitaba a cubatas a cambio de canciones al oído. Solo deseaba que terminase la primavera para volver a salir de gira el siguiente verano, pero las hojas del calendario caían hacía arriba desde el suelo volviendo a colocarse en su sitio, las equis rojas que marcaban el paso de los días se desdibujaban y el mes de Abril parecía no tener fin.
Cierto día, mi manager me llamó a su despacho y comenzó a apuntar en un folio en blanco cifras, fechas y lugares de los conciertos de la gira que realizaríamos en verano. Los iba copiando de su agenda, repleta de tarjetas de presentación y hojas sueltas con diferentes tipos de letras y colores, mientras farfullaba en voz baja lo que iba escribiendo: “Finales de Julio, principios de Agosto… Dos noches aquí… Descansamos y luego vamos a… No, esta fecha la sustituimos por esta otra. ¡Listo!”- Anunció finamente. Cuando terminó de escribir me pasó aquel documento y me estremecí al ver escrito el nombre de aquel pueblo de costa donde los bares cerraban temprano y las horas pasaban deprisa, marcadas por las campanas de la iglesia.

La espera hasta aquella fecha se me hizo interminable, pero por fin llegó. Aquella noche estaba muy nervioso por volver a verla. Intenté calmarme tomando unas copas en el camerino antes de salir a escena. Alguien anunció que el concierto iba a empezar y salimos al escenario. Dejé mi cuarta copa justo antes de salir a tocar. La guitarra acústica comenzó a sonar rítmicamente, el público aplaudió cuando subí al escenario y saludé agitando la mano. Comencé a cantar sin dejar de sonreír, escudriñando meticulosamente las primeras filas, intentando encontrar el rostro de mi camarera entre el público, pero no la encontré. Aprovechaba cuando los cañones de luz alumbraban a la muchedumbre para intentar localizarla, pero ella no estaba. Seguí cantando y cantando mientras que me afanaba por encontrar aquella enorme mata de cabello rizado entre el público. Incluso me giré en alguna ocasión para mirar la gran pantalla que tenía a mi espalda cuando el operador de cámara enfocaba a los fans, pero todos mis esfuerzos fueron infructuosos. Roído por mis propios nervios, terminé el concierto tres canciones antes, loco por volver al bar para buscarla. El escenario se apagó y bajé las escaleras corriendo, siguiendo el camino de luces hasta mi camerino. Antes de entrar vi una maraña de gente esperándome para hacerse fotografías conmigo. Me metí de lleno en el barullo suponiendo que la encontraría allí pero ella seguía sin aparecer. Dentro de mi camerino perdí el tiempo preguntándole a mis músicos si habían visto entre el público a una mujer guapísima con pelo rizado y ojos de gata, pero nadie pudo decirme nada de ella. Me serví otra copa para templar los nervios, me lavé, me cambié de camisa y fallé al lanzar desde lejos la sucia a la bolsa de plástico que colgaba del pomo de la puerta.

Salí del recinto por la puerta de atrás, con paso ligero en dirección al paseo marítimo. La brisa volvía a ser fresca, todo estaba tal y como lo recordaba el verano anterior. Ella sin duda me debía estar esperando en su bar.
-Pero… ¿Qué carajo es esto? ¿Banco Hispano Americano?- Me pregunté retóricamente cuando llegué al local donde hacía un año estaba “el Amanecer”. -¿Banco Hispano Americano? ...- Volví a preguntarme. - … ¿Banco Hispano Americano? -Me pregunté por tercera vez, enfadándome con mi propia sombra proyectada por la luz de la farola que en su día nos iluminó besándonos. Me senté confuso en el suelo, frente a la sucursal de aquel banco, con la mirada fija en aquella enorme cristalera que hacía de puerta. -¡Esto debe ser una broma macabra del destino!- Continué pensando.  Me sentía desesperado. El alcohol empezaba a hacer el efecto contrario al deseado. Necesitaba encontrarla, me negaba a que aquella historia terminase así, sin volver a verla después de todo un año esperando. Sentí cómo aparecía un fuego en mi estómago haciendo que empezase a temblar. Una potente energía subía por mi pecho, como un tambor anunciando una batalla. La ira y la desesperación se apoderaban de mi cuanto más pensaba en ella, recordando los interminables besos bajo la luna. Supe que no podía soportar aquella situación cuando, sin darme cuenta, sujetaba con mis temblorosas manos un enorme ladrillo rojizo que debí haber arrancado del suelo del paseo marítimo. Ladrillo en mano, di un par de pasos largos en dirección al banco. Los pasos se transformaron en una carrera que terminó con una frenada en seco cinco metros antes de la puerta de cristales y el lanzamiento del ladrillo haciendo añicos la enorme cristalera.
Descansé, me sentí relajado y aliviado. Me senté en el suelo junto al hueco que había dejado el ladrillo para contemplar el desastroso acto vandálico que acababa de cometer y seguí pensando en ella.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que unas luces azules y blancas me despertaran de mi letargo. Levanté la mano, usándola como visera, para protegerme del destello. Las siluetas de dos sombras se dirigieron hacia mí con paso firme.
-¿Está usted bien?- Preguntó una de ellas.
No respondí, sólo me dediqué a intentar enfocar las figuras hasta que se mostraron nítidas y pude dilucidar que se trataba de una pareja de policías municipales.
-¡Antes había aquí un bar!- Contesté beodo, intentando mantener la compostura, poniéndome en pie.
-Le han visto lanzar un ladrillo contra la puerta del banco.
-No sé, antes había aquí un bar, “El Amanecer” ¿Dónde está ella?
-No sabemos señor. Déjeme su documentación, por favor.
-Yo solo quiero verla.
-Déjeme la documentación, por favor.- Insistió el policía.
-Estoy borracho.- Contesté apenado.
-Lo sabemos, y en ese estado ha roto usted la puerta del banco. Tendrá que acompañarnos a comisaría para declarar.
Me froté los ojos con la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño, pero no lo era, era real.
-¡Sé que no lo he soñado, aquí había un banco!- Grité.
-¡Señor! Es la cuarta vez que le pido la documentación y no me la entrega. Queda usted detenido. Debe acompañarnos a comisaría para que le identifiquemos.
En el coche patrulla, de camino a la comisaría, me vino la inspiración. Necesitaba escribir mi historia y tenía que hacerlo ahora.
Ya en jefatura, recobré la calma y la conciencia. Opté por volver a explicarles que llevaba tres copas, entregar mi DNI, callarme y no empeorar mi situación. Tras dos horas de papeleo, me entregaron una multa, me indicaron que estaba acusado de un delito de daños y que me citarían por carta certificada para acudir a juicio.

Siguiendo los pasos que me marcaba el recuerdo, llegué a la puerta del hostal en el que me hospedé hacía justo un año. Abrí la gruesa y vieja puerta de madera y tras el mostrador de la recepción vi al tipo somnoliento del año pasado. Indicándole el número de habitación, le pedí que me diera la misma de la última vez. Tras un interminable bostezó, miró en un libro lleno de apuntes a bolígrafo con mala caligrafía y, finalmente, me entregó las llaves.
Subí lentamente las escaleras, acariciando el pasamanos por los mismos sitios donde ella pasó sus manos hacía un verano, viendo, como sombras en color, nuestras figuras besándose y abrazándose. Abrí la puerta de la habitación donde el verano anterior desnudaba a mi camarera y la recorrí con la mirada. Miré la cama y allí estábamos desnudos, iluminados por los rayos de la luna que, curiosa, nos espiaba por la ventana. Abrí los cajones de la mesita de noche buscando algo con lo que escribir. Encontré un lápiz con el nombre del hostal, pero no había papel. Me senté sobre la cama donde mi sombra seguía acurrucada junto a la camarera, saqué el documento que el policía municipal me había entregado en la comisaría y, por el dorso, comencé a escribir mi historia:

Fue en un pueblo con mar,
una noche después de un concierto…”