jueves, 22 de octubre de 2026

DOBLE VIDA

 DOBLE VIDA

(Inspirada en la canción homónima de Joaquín Sabina)


Doble vida es mi adaptación literaria de una magnifica canción de Joaquín Sabina sobre la perfecta vida de un matrimonio madrileño con buena posición económica, pero condenado al tedio y a la monotonía de la vida en pareja.

Esta canción fue descartada del álbum “Esta Boca Es Mía” por problemas de duración total del álbum, pero afortunadamente rescatada tanto para la edición especial de “19 días y 500 noches” como para la edición especial de “Dímelo En La Calle” que pasó a llamarse “Diario De Un Peatón”.

Mientras oía la canción una y otra vez, con la letra al lado para tratar de ser lo más fiel a la idea original de Joaquín, dentro de lo que mi imaginación me permitía, no paraba de pensar en las actuaciones de Juanjo Puigcorbé y Ana belén en los papeles principales si Fernando Trueba o Fernando Colomo hubieran llevado esta historia al cine en los años ochenta. 




DOBLE VIDA

(Inspirada en una canción de Joaquín Sabina)

 


Capítulo 1: Antonio, el juez justo y severo.

 

Con aire cansado y la firmeza que le daba la monotonía de sentenciar a los culpables a años de condena, Antonio leyó el veredicto de aquel hombre al que los periódicos habían bautizado como «el Violador de Entrevías» por motivos evidentes, sentenciándolo a veinte años y un día por sus crímenes. Como todas las veces, el juicio terminó con un sector de los asistentes llorando e insultando. El juez se levantó sin ningún remordimiento, simplemente había hecho su trabajo. Salió con premura de la sala y entró en su despacho donde dejó la toga, la documentación de los diferentes juicios que había tenido aquel día y, en definitiva, su trabajo como hombre de ley.

Aquel lunes, como otros muchos, entró en el Ángel Azul, un bar envuelto en humo y un fuerte olor a tabaco, con una ambientación oscura, algún neón celeste, música rancia propia de la edad de la clientela y actividades variopintas e ilegales o inmorales en los baños y despachos en las que Antonio había participado en más de una ocasión.

 

...Lo esperaba hasta muy tarde

Ningún reproche le hacía

Lo que más le preguntaba

Era que si la quería...

 

Cantaba en el karaoke con voz pegajosa una versión poco decente una de las camareras del local envuelta en luces violetas y blancas.

—Chivas con hielo, por favor —pidió con la misma desgana con la que anunciaba sus sentencias al sentarse en un taburete en mitad de la barra sin prestar atención a la mujer del escenario.

Respiró profundo mientras esperaba su copa rascándose la punta de la nariz con el pulgar. Un ejemplar del ABC, doblado convenientemente para dejar en primer plano el titular, cayó sobre la barra a su lado.

—Muchas gracias, Antoñito —le agradeció el dueño del local.

El juez se sobresaltó por el impacto, miró a la cara con cierto disgusto por el susto al hombre que lanzó el ABC y lentamente giró el periódico para leer el titular que rezaba:

«Empresario madrileño absuelto por falta de pruebas.»

Asintió con media sonrisa sin darle mucha importancia a aquel veredicto.

—Viene con regalito dentro, para que le compres otro visón a Inés.

Antonio desplegó el periódico y vio un sobre blanco, sin nombre y cerrado, que se apresuró a guardar en el bolsillo de la americana que descansaba bien doblada junto a él sobre la barra.

—Gracias.

—Un placer y ya sabes que estás invitado a lo que quieras.

—Ya sabes lo que necesito —contestó estirando la espalda y el cuello para desentumecer los músculos tras el día de trabajo pasados unos segundos.

—¡Cómo no! ¡Llama a la Chelo! —le ordenó a la camarera con una sonrisa a medio camino entre la satisfacción y la malicia. ¡Qué bien estaba aquello de tener a un juez de su parte!


 


Capítulo 2: Inés, Furtiva, Repintada y Pecadora.

 

Al caer la tarde, Inés levantó la mano para parar un taxi en mitad de la calle Serrano, mientras con la otra terminaba de ajustarse el pendiente que le había regalado su marido en el último aniversario. No había terminado de sentarse en el asiento de atrás cuando, con un gesto de dificultad al continuar intentando ponerse el pendiente con las dos manos, ordenó firmemente:

—Alberto Alcocer 21, por favor.

El taxista arrancó tanto el trayecto como una interminable y aleatoria conversación en la que, en los treinta primeros segundos, logró hilar temas tan diversos como el tráfico, el fútbol y el tiempo. Temas a los que la mujer contestó con una forzada sonrisa y un gesto afirmativo de cabeza. Mientras el conductor enumeraba los continuos errores de la defensa del Real Madrid y las posibilidades de lluvia para aquella noche, Inés jugaba a hacer un bucle interminable con un mechón de su pelo liso y negro lanzando una mirada perdida por la ventana. Se desnudaba mentalmente y se dejaba caer en brazos de su Rambo particular, que la esperaba con el arma bien cargada.

El taxi paró y la pasajera, con urgencia entre las piernas, salió dejando el cambio completo como propina. Llamó al telefonillo y una voz robótica con acento de Europa del Este la invitó a subir. Cuando llegó al dúplex, la puerta estaba entreabierta como de costumbre. Era un sitio espacioso, aunque excesivamente mal decorado con, entre otras cosas, un gimnasio bastante completo que ocupaba medio salón.

Por las escaleras bajó un hombre fornido, con piel bronceada, pelo largo castaño con mechones rubios sujeto en un moño alto, unos vaqueros ceñidos medio abrochados, al igual que la camisa de estampado de tigre que mostraban unos perfectos abdominales –¡Al menos el gimnasio servía para algo! - Pensó Inés al verlo.

—¿Qué tol estás, Inés?

—Muy bien, gracias. —le contestó besándolo en los labios— Y se dice «¿Qué tal?». Chato, llevas aquí ya tres años y cada día hablas peor.

—Para mi profesión tampoco me hace falta tener un correcto españolo.

—Pues también es verdad —contestó dejando su abrigo y el bolso sobre el sofá cruzado en mitad del salón para hacer hueco a la bicicleta elíptica.

—¿Quieres una copa?

—Bueno, una rapidita. Me vendrá bien —dijo algo nerviosa mientras tumbaba el marco de una foto para volcar lo que le quedaba de cocaína en un plástico transparente, arrugado y casi roto.

—¿Una rayita?

—No, no me gussstan esas mierrrdas.

—Pues más para mí nene. Tú te lo pierdes —esnifó profundamente.

—Aún me debes dinero de hace dos semanas —le inquirió el gigoló alejándole la copa como broma justo cuando Inés hizo el ademán de cogerla.

—Mira que eres... —dejó la frase sin concluir y le pasó por el musculoso pecho la mano con la que iba a coger la copa.

—Negosios son negocios.

—Ya, el concepto sí que lo has aprendido rápido —se retiró para buscar su monedero en el bolso.

—Tengo gastos, pequeña —replicó señalando el desastroso dúplex como si aquella decoración fuera un lujo al alcance de muy pocos.

—Sí, se nota —bromeó entregándole cuatro billetes de cincuenta euros, dos por cada semana.

Inés apuró su copa casi de un trago, recorriendo la sala con la mirada hasta detenerse en las escaleras que llevaban al dormitorio. —Bueno, basta de charla. Date prisa Tarzán, que la sangre me arde y he quedado con Antonio para cenar esta noche. —ordenó planchando con la mano la solapa de la camisa.

—¿No te quieres quedar más? Al tiempo extra invito yo.

—Ya es raro que invites tú a nada. ¡Venga!… ¡Súbeme al dormitorio, que no me aguanto! —dijo divertida enroscando de un salto las piernas sobre la cintura del hombre que la cargó entre besos y risas escaleras arriba.


 


Capítulo 3: La Cena Del Matrimonio.

 

Con un beso y una sonrisa, mitad nerviosa por ocultar mentiras y mitad real por el amor que se tenían, Antonio e Inés coincidieron en el portal del domicilio buscando las llaves.

—¡Estamos totalmente sincronizados! —dijo el marido dejando que finalmente fuera ella quien abriese la puerta con sus llaves.

—Siempre, cariño. —le contestó dándole una bolsa del supermercado de El Corte Inglés con algo de queso y vino—. Mmmm… Hueles a tabaco —se extrañó Inés arrugando la nariz con disgusto al llegarle el olor cuando le cedió el paso a su marido para que entrase primero.

—Sí, me he tomado una copa con Miguel al salir del juzgado.

—Ajá... ¿Con Miguel? ¿Dónde?

—En… The Clan —mintió el juez dándole el nombre de un pub escocés conocido por los dos.

—The Clan, con Miguel…, ya —sospechó Inés—. Venga, ve sirviendo el vino en el salón mientras preparo la cena.

—De acuerdo. Y tú, ¿cómo has llegado tan tarde a casa? El Corte Inglés cierra a las diez —quiso saber el juez levantando la bolsa del supermercado como prueba mientras se adentraban en la casa.

—Me he entretenido. También me he tomado una copa, un Martini con… Matilde en Piruleta. —fue elaborando una mentira poco a poco.

—Martini con Matilde… ya —dejó el abogado la conversación en tablas.

La pareja se distanció con desconfianza mirándose mutuamente hacia atrás de reojo. Ninguno de los dos se fiaba de las actividades que aquella tarde había tenido su pareja, pero tampoco tenían pruebas definitivas para desmontar ninguna coartada. Antonio cerró la puerta del salón y comenzó a servir el vino con el móvil sujeto entre el cuello y el hombro para hacer una llamada en voz baja, mientras Inés cerraba la puerta de la cocina:

—¿Matilde?... ¿Qué tal?... Bien, todo bien, un poco hasta arriba con el trabajo, ya sabes, pero bueno, no me quejo. ¿Y tú qué tal?…. No, te llamaba porque estoy buscando a Inés y pensaba que estaríais juntas en Piruleta o en algún otro sitio tomando algo… Ya, comprendo… No, no, no hace falta que le digas nada, se habrá entretenido a la salida del gimnasio…. Seguro que sí. Bueno, te dejo, voy a ver si la localizo. Venga. Besos, adiós, besos… chaito.

—¿Miguel? —preguntó Inés desde la cocina con los auriculares del móvil activados—. ¿Cómo estás, guapo?... Vaya, felicidades, ¿el 35 %?... Caramba, chico, eso está muy bien. Lo estás celebrando por lo que oigo de fondo, ¿no?... Claro que sí, te lo mereces. Oye, ¿ha estado ahí contigo Antonio celebrándolo? Lo estoy esperando para cenar… ¡Ah! ¿Sí?... Pero… ¿Aún está ahí contigo?... No, no… Si está en el baño no vayas a buscarlo, pero dile que vaya volviendo a casa…. Venga, besos, guapo…. Sí, sí… Díselo… Gracias… Adiós.

La mesa estaba dispuesta con la cena que Inés había preparado, el vino que había abierto Antonio y una buena ración de desconfianza y acertadas sospechas de infidelidades consentidas en cada plato. Las toses, respiraciones profundas y falsas sonrisas se intercalaban.

—Cariño —dijo él—, hoy quiero brindar por aquel Violador de Entrevías. ¿Te acuerdas, mi amor? ¡Un auténtico cabronazo!

—Sí, aunque no más que otros —tiró ella un dardo levantando su copa y una ceja.

—Pues le han caído veinte años y un día —terminó su brindis algo confuso por el comentario de Inés.

Las copas chocaron sordas y pesadas; a través de ellas se pudo sentir la tensión acumulada antes de beber. Aquel trago, dulce y lento, les sirvió a Antonio e Inés para, conocedores de las infidelidades de su respectiva pareja, darse un perdón mutuo, pasar por alto las aventuras y continuar felices con su santo matrimonio y la doble vida que mantenía aquella pareja perfecta.

domingo, 21 de noviembre de 2021

EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO

No creo que Facebook o mi blog sean los sitios adecuados para contar sentimientos y cosas privadas e íntimas, por eso nunca subí el texto que escribí hace algunos meses sobre mis experiencias durante el confinamiento, pero ayer vi una película llamada CONTAGIO y pensé que hoy sí era un buen día para compartirlo con vosotros.


EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO




“Entiendo que toda vida debe finalizar
mientras nos sentamos solos.
Sé que algún día partiremos.
Soy un hombre afortunado que cuenta con ambas manos
a los que amo
.”


(Just Breath, Pearl Jam)

 

Síndrome de Estocolmo: Término utilizado para describir una experiencia psicológica paradójica en la cual se desarrolla un vínculo afectivo entre los rehenes y sus captores.

 

    Llevaba años con preocupaciones y dolores de cabeza. Implorando unas vacaciones totales. No solamente un periodo remunerado de inactividad laboral, de esos ya había tenido bastantes a lo largo de mi vida y sabía perfectamente que, aunque no trabajase, los problemas de la vida no paraban un segundo y que, si no eran los estudios, era la vida en pareja, o era la nueva avería del coche y si no, otra cosa distinta. La cabeza no paraba nunca, no había descanso. ¿Cómo se conseguiría ese total descanso de la mente?

    El día 17 de noviembre del 2019 el mundo que conocemos comenzó a cambiar cuando se detectó el caso de la primera persona contagiada por el covid19. La pandemia se extendió rápidamente por el mundo, siendo el de un alemán que pasaba sus vacaciones en la isla de La Gomera, el 31 de enero de aquel mismo año, el primer caso detectado en España. Finalmente, el 15 de marzo del 2020, el presidente declaró el confinamiento total y absoluto durante los siguientes tres meses. Fueron tres extraños meses en el que todos los países cesaron la actividad laboral, siendo solo las actividades esenciales a las que se les permitió continuar con su labor. Negocios cerrados, calles vacías y silenciosas. Ningún coche particular, solo algún autobús casi sin pasajeros o alguna que otra patrulla de la policía.

    A finales del verano del 2019 se acabó la relación sentimental que había mantenido durante los últimos tres años y medio y terminando el mes de febrero del 2020, un par de semanas antes del confinamiento, con el tiempo justo para solicitar la prestación económica de manera presencial en la oficina de empleo y comprar una botella de ginebra, fui despedido de mi trabajo.

    Fuera, la gente fallecía, los hospitales estaban desbordados por los enfermos, los centros médicos no eran capaces de atender a todos los pacientes que acudían en busca de ayuda. La economía del país se venía abajo, el mundo entero se iba a pique, pero yo, dentro de los confines de mi pequeño ático en el barrio de segunda mano y más bohemio de la ciudad, estaba a salvo disfrutando de ese periodo en el que milagrosa y misteriosamente el mundo estaba en pausa.

    ¡Por fin había ocurrido! No había novia en casa con la que discutir, ya no había nada que arreglar, solo analizar y aprender de la cadena de sucesos. No había que ir a trabajar, no había preocupaciones por llegar o no a las ventas semanales, nadie a quién llamar a la hora de la siesta para venderle nada. Tampoco había cargo de conciencia por no tener empleo, ni por no buscarlo. No había actividad comercial, no había nada que buscar ni encontrar en las plataformas de trabajo y tenía las necesidades económicas cubiertas gracias a las prestaciones generadas con el trabajo de todos los años anteriores.

    Meteorológicamente hablando, salvo el último mes, recuerdo días nublados, grises y lluviosos.

    La humanidad, al menos durante aquellos tres mágicos y mortales meses, se dio cuenta de que, para sobrevivir a aquel encierro, había que remar en una misma dirección. Una dirección en la que el apoyo moral y el compañerismo era fundamental. Los famosos entretenían a sus seguidores realizando en sus redes sociales animadas entrevistas o conciertos acústicos gratuitos desde sus casas, incluso yo participé con una actividad similar aprovechando mi condición de escritor novel. Las videollamadas entre amigos y familiares eran continuas. Todos se contaban como llevaban aquel forzoso encierro, qué actividades y en qué horarios las realizaban. La salud y el teletrabajo eran temas recurrentes en aquellas melancólicas conversaciones. En mi edificio, a veces y de manera espontánea, tenía lugar una charla de puerta a puerta o de planta a planta entre vecinos, respetando la adecuada distancia de seguridad, protegiéndonos la nariz y boca con mascarillas de papel. También era frecuente el intercambio de comida dejando en las puertas tupperwares con lo que cada uno había cocinado aquel día. Luego, un whatsapp avisaba de aquella comida en el felpudo.

    Pronto la vida entre cuatro paredes de las personas se llenó de costumbres y rutinas. Después de comer, se emitían largos discursos cargados de mentiras de los políticos de turno sobre el estado y la dirección en la que evolucionaba la pandemia y las consecuencias que estaba teniendo, salir a los balcones y ventanas a las ocho de la tarde para aplaudir a los empleados de la sanidad pública. A las diez de la noche, a través de su canal particular de YouTube, un periodista que había enfocado toda su carrera a iluminar el misterio que envolvía a espíritus y ovnis, se embarcó en solitario en la exhaustiva búsqueda de la verdad sobre el origen oculto de aquella pandemia. Decía que pudieron ser soldados americanos que visitaron china para participar en los juegos olímpicos militares. También podría ser un murciélago en un mercado insalubre de una ciudad de la que nadie había oído hablar hasta aquellos días el que propagó la enfermedad. Incluso hubo una tercera y más aceptada teoría que ubicaba el foco de la pandemia en un laboratorio, no muy alejado de aquel mercado. Fuera cual fuera el origen, yo seguía aquellos programas con gran atención desde mi apartamento hasta que finalizaban cerca de la media noche. Era entonces, cuando tras asearme, me servía una ginebra como postre y escribía y escribía, trabajando en mi segunda novela hasta altas horas de la madrugada.

    Con el paso del tiempo, el sentimiento y la necesidad de un contacto más directo crecía. Se echaban de menos los abrazos, los besos, una cerveza en tu bar favorito mientras veías el fútbol. Las visitas quincenales al supermercado en el que trabajaba mi amigo eran el único contacto humano directo, envuelto en un clima de culpabilidad por estar en la calle, del que disfrutaba.

    Todo momento que nos marca la vida va acompañado de un olor, o una melodía y cuando volvemos a escuchar esas notas o a percibir ese olor o sabor, nos trasportamos a aquel momento. En mi caso hubo una canción que encontré por casualidad -serendipia lo llaman- y que me acompañó durante aquellos tres meses de confinamiento. “Así Fue” era una canción que solía escuchar mi hermana cuando aún todos vivíamos en casa de mis padres. No sé qué estaría buscando aquella fría y lluviosa tarde en la que automáticamente sonó aquella melodía. Me erizó el pelo de los brazos volver a oírla algo más de treinta años después. Quise entonces investigar un poco más sobre aquel recuerdo y fue entonces cuando encontré la versión reggae de Dread Mar I. Desde aquella noche la volví a escuchar cada mañana mientras me aseaba para comenzar el día.

    Hoy, el virus sigue entre nosotros, pero ya no estamos confinados. El mundo ha vuelto a girar, hay que volver a estudiar, a trabajar, a discutir, a preocuparse… Sé que para muchos ha supuesto la ruina económica, el cierre de los comercios que han sido el sustento de sus vidas y de la de sus familias. Sé que muchos han quedado atrás y que todos han perdido a algún familiar o amigo. Han sido muchos los sueños e ilusiones que se han diluido hasta desaparecer, pero a mi me dio descanso, paz y creatividad.

    Perdonadme si yo echo de menos ese periodo de tranquilidad y de seguridad que me dieron aquellos meses del año 2019.

Yo echo de menos despertarme con aquella canción de Dread Mar I, echo de menos el confinamiento.

viernes, 24 de abril de 2020

PRIMAVERA PLATEADA

Esta historia fue lo que la canción Silver Springs de Fleetwood Mac me inspiró cuando sonó por el hilo musical de la cafetería en la que trabajaba. Hacía poco que había leído Rebeldes y La Ley De La Calle, de Susan E. Hinton , ambientadas en la América de mediados del siglo pasado. Como cantaba Un Pingüino En Mi Ascensor, yo también quise ser un Teenager Norteamericano, así que en agradecimiento a Susan y a todos los personajes que tanto me entretuvieron en aquellos meses de aquel verano, decidí escribir esta historia que no es más que la descripción literaria de un instante.


PRIMAVERA PLATEADA



Salió del agua en mitad de la noche con los vaqueros empapados. La camisa abierta se le pegaba mojada al cuerpo dejando ver su pecho enjuto y blanquecino, con la cicatriz del navajazo mal curado que le propino a traición Benny Farretsi en el gimnasio del instituto tres años antes. Se apartó el pelo de la cara y el agua recorrió sus mejillas mezclándose con las lágrimas. Nunca había llorado, ni siquiera cuando a los seis años su padre los abandonó dejando a su madre en un mar de deudas y facturas por pagar. Pero aquella noche sí, aquella noche todo su mundo se vino abajo y decidió ahogar las penas con la botella de burbon que había robado en la gasolinera de su mejor amigo, y a él mismo en el océano. Sonrió como un demente cuando se imaginó lo que debía parecer al salir del agua.
Miró a su alrededor y no vio nada. Sintió que sus pupilas, dilatadas por el alcohol y las drogas, no conseguían enfocar nada. Intentó salir del agua. Sacar los pies, que con el vaquero mojado ahora pesaban el doble, de la orilla, pero el golpe de una ola le hizo perder el equilibrio y caer tragando un enorme buche de agua salada. Escupió algo de sangre del labio que se mezcló con un hilo del vomito provocado por el alcohol y el agua, mientras a cuatro patas intentaba encontrar la botella de burbon medio vacía que el mar le arrebató. Sintió la pérdida y rió amargamente por su suerte mientras salía del agua a gatas, intentando ponerse en pie, pero una nueva ola le volvió a hacer caer y decidió sentarse en la orilla, donde cada nueva ola le bañaba suavemente las piernas y la parte baja de la espalda. Sintió paz y tranquilidad, cosas que no sentía desde hacía mucho tiempo.
Dejó de sonreír, de llorar, de sentir frío y soledad. Se preguntó cómo había llegado a aquella forma de vida. Recordó como apenas cuatro años atrás, en aquella primavera plateada del 52, fue elegido mejor jugador del equipo de fútbol y más tarde rey en el baile de fin de curso junto a aquella otra chica de la que no recordaba su nombre. Aquellos fueron los únicos actos civilizados que había habido en su vida y fueron el comienzo de la nueva vida que le haría entrar en la universidad, ser un hombre de bien y de provecho, la persona opuesta a lo que su padre había sido. O al menos eso pensó él mientras la banda tocaba Blue Moon en el gimnasio del instituto y él bailaba lento con Sue… -Sue Goldman ¡Ese era su nombre! -Sonrió al recordarlo. Pero ¿dónde se estropeó todo? ¿Qué le hizo dejar el equipo de fútbol, el instituto, caer en aquella espiral de delincuencia juvenil, de alcoholismo y drogadicción? Volvió la cabeza a un lado, intentando encontrar las respuestas en la espuma del mar que manchaba los bajos de su camisa.
La voz distorsionada por el megáfono y por las drogas hablaba. No sabía cuál era el mensaje, pero la oía. Las luces azules y rojas le daban dolor de cabeza y los focos de los coches de la policía le cegaban cuando le apuntaban a los ojos. ¿Cuánto tiempo llevarían ahí? Podrían ser horas y él no se hubiera enterado.
-¡Tire el arma y permanezca sentado!- Eso es lo que gritaba el policía, ahora podía oírlo.
El arma, no recordaba llevarla encima, pero tenía lógica. ¿Cómo si no habría robado en el drugstore? ¿O robado el coche a aquella pareja de novios para huir por el canal y dar esquinazo a la pasma? Ahora empezaba a recordar detalles. -El arma. -Balbuceó su cerebro. Lentamente, sin ser consciente de su situación, recorrió la playa con la mirada, contó el número de coches y policías que a menos de diez metros le apuntaban a la cabeza. Aceptó su inferioridad en aquel escenario. Se rindió y lentamente levanto las manos en señal de sumisión. Intentó levantarse a pesar de las claras indicaciones de la policía apoyando una mano en la arena. A duras penas lo consiguió y su alargada, delgada y mortecina figura quedó en pie medio desnuda frente a los coches de la policía.
-¡Tiré el arma y vuelva a sentarse!
Le costaba entender las ordenes, pero se las podía imaginar, la luces y el alcohol aumentaban su dolor de cabeza y le impedían tomar decisiones con rapidez. Con temblores, bajó lentamente el brazo derecho para sacar el arma que tenía en la parte trasera del pantalón. La policía se puso tensa y él oyó como los oficiales amartillaban sus revólveres. Rápidamente, asustado subió la mano un instante y la volvió a bajar para tirar el arma a la arena, mientras el brazo izquierdo seguía en alto con la palma de la mano abierta. Con dos dedos sacó y enseñó la pistola a la policía. Su cabeza, torpe y embotada, emitía mil órdenes a la vez al resto de su cuerpo, mientras los oficiales no paraban de gritarle que la tirase. Un sargento apoyó la escopeta contra la puerta abierta del coche. -Calma- intentaba decirse a sí mismo -Calma. -Un leve gesto de su mano, mal interpretado por uno de los oficiales, bastó para que el sonido de un disparo se oyese en toda la playa.  Sintió una punzada en mitad del pecho y cómo se le llenaba de aire frío. Le faltaba el aire. Por la inercia del disparó, su cuerpo se balanceó y el brazo del arma se levantó apuntando a la policía. En menos de dos segundos todos los oficiales descargaron sus armas contra el joven que cayó bocarriba, mientras las olas del mar cubrían a rítmicos intervalos su cuerpo lleno de agujeros.
Así fue el final de Randy Lee en aquella noche de verano.

sábado, 28 de marzo de 2020

NÁUFRAGOS



POR AMOR AL ARTE
La historia de Náufragos
(así lo recuerdo yo)

Llevaba bastante tiempo queriendo escribir esto y ahora, en estos días en los que nos vemos obligados a permanecer en casa, entre apuntes de clase y la consecución de mi segunda novela, he podido encontrar el momento justo para hacerlo. Quiero hablar de una idea, del sueño que tuvo una vez una mujer - María Carmona - y por él luchó hasta verlo hecho realidad. Tuve la suerte y el gusto de poder colaborar durante algunos años en él y lo hicimos, tanto ella como yo como todo el mundo que pasó por sus citas, por amor al arte.

Náufragos era - y es - una plataforma cultural en la que, en cada reunión abierta al público, activistas de todas las artes podían participar dando una muestra de sus trabajos. Lo hacían de una manera altruista, por compartir, por darse publicidad, por aprender y adquirir tablas, ya que náufragos nunca fue concebido como una actividad mercantil para beneficio económico de su creadora, sino como un lugar donde la cultura, al alcance de todos, rebosase y donde cualquier persona pudieran beneficiarse de ella de forma activa o como mero espectador, pero siempre gratis.

Náufragos tuvo un accidentado y aislado estreno una tarde -en la que, tal vez por los nervios causados por la ilusión del primer día o la inexperiencia de un espectáculo como aquel, la hora de comienzo se postergó hasta casi la noche- en un pequeño restaurante de Mairena del Aljarafe llamado Cañas y Barro, allá por el verano de 2016. Pocas fotos y pocas anécdotas, salvo el citado retraso, quedan de aquella primera velada.

No sabría si llamarlo todavía primera temporada o subrayarlo como segunda, pero meses más tarde, ya en 2017, gracias a Alejandro Delgado, hostelero con talento y capacidad tanto para la poesía como para la pintura, y que por aquel entonces regentaba un bar llamado La Bañera situado en la calle Alcázares, Náufragos retomó en dicho local su actividad de manera continuada hasta el principio del siguiente verano. En aquella temporada la actividad era frenética, exigiendo la dedicación de gran cantidad de tiempo y esfuerzo, ya que, incansablemente, las citas se hacían semana tras semana en la tarde/noche de los jueves. Acudí a aquellas citas -como espectador- tantas veces como mi agenda laboral me lo permitió y tengo que admitir que fue mi época favorita de esta plataforma cultural. Allí, en una atmósfera canalla, donde tras el fino y apagado hilo de voz de la poetisa o el castigado tono del cantautor y su guitarra se mezclaba con el de los vasos de cristal que tintineando vacíos ya de cerveza y ensuciando el ambiente, escritores noveles, ilusionistas, monologuistas e incluso atrevidos espectadores del público con el micro abierto en la fase final del espectáculo, eran presentados por la directora de la plataforma acompañada por su amiga Inma a la vez que disfrutaban del espectáculo que habían creado. Náufragos tenía un público, a veces irrespetuoso con el artista, fruto del alcohol, pero siempre emocionado porque lo que se contaba allí, llegaba y se sentía tan adentro que más de una lagrima rodó y más de un desnudo esporádico a ritmo de flamenco se vio. Y es que náufragos no era solo algo que se quedase entre las grisáceas paredes y las cristaleras repletas de post it con las opiniones de los que visitaban la bañera. Náufragos llevaba su buen hacer y su altruismo más allá, con diferentes sorteos y colectas para recaudar fondos que posteriormente eran entregados a las diferentes asociaciones que su creadora hubiera decidido con antelación. Protectoras de animales y emergentes compañías de teatro se beneficiaron de la generosidad de náufragos y de sus artistas. Digo de sus artistas porque multitud de los que pasaron por sus tablas donaron ejemplares de sus libros o de sus maquetas musicales para que estas fueran subastadas o sorteadas en el último momento con un improvisado bingo fabricado con bolas de papel cuyos números escrito con tinta azul de bolígrafo se mezclaban en una bolsa de plástico de algún supermercado oportuno.

En septiembre de aquel mismo año, tras el cambio de gerencia en La Bañera -con la que tan buena sintonía se había logrado- la sede y el centro de reuniones de Náufragos volvió a cambiar, y no fue ese el único cambio. Para aquella nueva temporada, la plataforma decidió contar conmigo prescindiendo así de Inma. Tal vez fuesen mis estudios de producción de audiovisuales, o mi ilusión por participar en aquel proyecto que no dejaba de crecer lo que hizo que María me lo propusiera, en cualquier caso, no dudé en tomar el relevo. Ya a bordo de aquella balsa y junto a María, tuvimos una reunión con otro hostelero, dueño de un pub nocturno de calle Feria llamado Doctor Bar. Su nombre también era Alejandro y mostró una magnífica disposición por una mutua colaboración que ayudaba al mundo del arte. Junto a Alejandro y al Doctor Bar -y sus subvenciones económicas- el concepto Náufragos creció. Personalmente aporté experiencia a la hora de organizar los eventos -siempre bajo la supervisión final de su directora -, aporté mi corta agenda de amigos y conocidos artistas. Parte de mi labor consistió también en estandarizar todo, nos equipamos con pulseras y camisetas con el logotipo de plataforma para las presentaciones, compramos el material necesario para hacer los sorteos de una manera un poco más seria y rigurosa (Bingo, papeletas, bolsas en las que guardar los regalos). Comenzábamos y terminábamos las reuniones anunciándolo con canciones que sonaban por los altavoces del pub. Canciones que pretendíamos fuesen el himno de la plataforma. Canciones que con él tiempo debían hacer que tanto participantes como espectadores, al cabo del tiempo, las relacionasen con su –esperábamos satisfactorio –paso por Náufragos. Para comenzar las sesiones nos decantamos por La Balsa, del grupo argentino Los Gatos, para cerrarlas elegimos Los Restos Del Naufragio de Enrique Bunbury. Se decidió, previo al inicio de la temporada, con el fin de que aquel sueño ilusionante no se convirtiera en una asfixiante pesadilla, pasar de tener una convocatoria semanal a una mensual respetando igualmente la noche del jueves como día de reunión. También ampliamos la oferta de invitados en un intento de llegar a más público. Fueron invitados profesionales tanto del mundo de las artes marciales -que nos dieron charlas para evitar físicamente la violencia contra las mujeres-, como psicólogos que nos hablaron de diversos temas. Lamentablemente, la decoración rojiza, casi aterradora para nuestro público objetivo, de nuestra nueva sede y el público compuesto por los parroquianos del bar, no nos acompañó en aquella temporada que finalizó en la primavera del 2018.

Fueron muchos los locales que en aquella época mandaron correos a la cuenta de la plataforma ofreciéndonos acuerdos para realizar allí nuestra actividad el siguiente año. Todas fueron estudiadas y numerosas salas y cafeterías visitadas y estudiadas. No solo eran los empresarios los interesados en tener a Náufragos en sus locales, sino que poco antes del cierre de aquella temporada, habían aparecido otras plataformas imitadoras, por así llamarlas, de aquel proyecto que creó María hacía ya años. Plataformas que no solo se dedicaban a copiar un formato que resultaba exitoso y novedoso en la ciudad de Sevilla, sino que de alguna manera robaban a los artistas que estaban comprometidos con nuestra plataforma obligándonos a modificar nuestra agenda con pocos días, a veces incluso horas, de antelación.
Los tentáculos y contactos de la directora de la plataforma parecían no tener límites y una nueva y definitiva oferta llegó a su mesa. Esta vez se trataba de Casa Del Libro y el correo venía firmado virtualmente por el director - y amigo - de la tienda situada en la Avenida Diego Martínez Barrio, Daniel López. De esta manera y tras una sentida charla telefónica con Alejandro, en la que le expresamos todo nuestro agradecimiento por el trato recibido el año anterior y que él correspondió deseándonos toda la suerte del mundo, pusimos punto y final a la etapa con Doctor Bar y nos decantamos finalmente por Casa Del Libro, lugar donde a día de hoy náufragos sigue funcionando cada sábado.

Por fin, a pesar de perder la subvención económica que nos concedía Alejandro, náufragos había encontrado un lugar adecuado para el desarrollo de su actividad. Las instalaciones de Casa Del Libro – gradas y sillones para los asistentes, mesa de conferencia con micrófonos, un espacio lateral libre donde ubicar el equipo de sonido para las actuaciones musicales – Ofrecían todo tipo de comodidades tanto para el público como para los artistas. Gracias a la capacidad de difusión que Casa Del Libro tenía, el público creció tanto en número como en calidad. Se pasó de un público que venía avisado por el artista de turno -cuando lo hacía- o que simplemente se estaba tomando una cerveza en el bar en cuestión, a un público más adecuado que acudía alertado por el anuncio en las redes sociales o simplemente atraído por el espectáculo cuando iba en busca de algún libro.

La siguiente temporada, la del aun cercano 2019, mantuvo el buen ritmo de ese primer año de Náufragos en Casa Del Libro, pero debido una serie de desacuerdos con la dirección a la hora de realizar algunas de las gestiones propias de la actividad, decidí -dolorosamente- poner fin a mi colaboración con la plataforma, volviendo a ser un simple espectador desde la grada cuya participación se limitaba meramente a hacer alguna que otra pregunta al artista del momento.

Amigos, esta es la historia viva de un magnífico proyecto que, año tras año, sorteado dificultades, buscando la mejor manera de crecer, dando pasos no solo hacia adelante sino hacia atrás cuando ha habido que corregir cosas, sigue adelante potenciando el arte y la cultura. Por náufragos han pasado multitud de artistas: músicos, fotógrafos, ilustradores, magos, pintores, ilusionistas, cómicos, poetas, escritores, psicólogos, actores y un largo etcétera a los que nuevamente les doy las gracias en nombre de la plataforma. Algunos de ellos reconvertidos en buenos amigos que siguen mejorando cada día, cumpliendo sus metas, siendo felices y en definitiva haciendo feliz a la gente con su arte. Un proyecto que yo, ahora desde la lejanía tanto física como temporal, aplaudo y animo. Vamos a crear más náufragos, vamos a apoyar la vuelta -más aun si cabe -  de plataformas, de grupos con inquietudes artísticas y asociaciones como náufragos.

miércoles, 7 de febrero de 2018

EL CAFÉ DE LOS LUNES



El café de los lunes no es mi mejor relato. ¡Ni de lejos! La veo una historia sencilla, simple, incluso previsible, diría yo, pero con mensaje.

¿Por qué la escribí? Porque no comulgo con esas personas que te incitan continuamente a salir de lo que llaman “Zona de Confort”. Muchas veces, las personas que no dan ese pasito más allá para mejorar sus vidas es porque no pueden, porque hay algo que se lo impide o porque se sienten bien estando donde están.
La primera parte, el planteamiento de la historia, podemos decir que está inspirado en mi vida real. Durante mucho tiempo, desde el colegio hasta el primer trabajo, para mí era un suplicio la conversación de ¿Qué hiciste este fin de semana?


EL CAFÉ DE LOS LUNES
 



Otro lunes más en la oficina. Gonzalo, con cuarenta años, trabajaba pesarosamente en su ordenador. Sin dejar de mirar el reloj de la computadora, esperaba a que llegasen las 10:15,  hora del café del desayuno. Era una persona  algo tímida, aunque luchaba por integrarse en el grupo de compañeros que, tras convivir con él durante los últimos siete meses en la oficina, aún no tenían claro si era un tipo raro o molaba, si era normal o tenía problemas de adaptación. Era consciente de la percepción que sus compañeros tenían de él al haber oído casualmente las numerosas conversaciones en las que aparecía como tema principal y eso le entristecía y dificultaba su empeño por integrarse.
Cuando el reloj  marcó las 10:15, sonrió y se dirigió hasta el pasillo donde, junto a la máquina de café, los empleados charlaban animadamente formando un círculo. Tuvo que pedir permiso para romperlo y llegar a la máquina para servirse un café. Aprovechando su incursión, se quedó formando parte del grupo donde, como cada lunes, se daban las novedades sobre cómo habían pasado el fin de semana cada uno de los empleados.
El tema era algo que le incomodaba profundamente, ya que sus fines de semana eran socialmente aburridos y faltos de interés para sus compañeros, casi se avergonzaba de ellos.
A él le gustaba pasar las horas del fin de semana en la habitación que había transformado en un taller donde montaba gigantescas maquetas ferroviarias mientras escuchaba discos de Willie Nelson. La NBA era otra de sus grandes pasiones desde que a finales de 1988, la segunda emitiese los partidos de madrugada en un programa llamado “cerca de las estrellas”, cuando él era un quinceañero. Por supuesto, su equipo era Angeles Lakers, que fueron los ganadores del título aquel año. Así pasaba sus fines de semana, entre trenes y partidos de baloncesto televisados.
Gonzalo, con gran resignación al oír el tema, se unió a la reunión con una tímida sonrisa, mostrando su vaso de papel lleno de café descafeinado y leche desnatada.  Casi sintió, por su problema de adaptación, que debía pedir permiso para entrar en la charla aunque sus compañeros jamás le habían dejado fuera, ni hecho el vacío.

-Bueno Gonzalo y tú ¿Qué has hecho este fin de semana? -Le preguntó Martínez.
-¿Yo?... Eh… -Comenzó a responder dubitativo- Bueno, he terminado de hacer la estación de trenes de mi maqueta y… En fin, ya me falta poco para terminarla. -Contestó finalmente satisfecho de su maqueta.
-Ajá. ¿Otra maqueta? -Preguntó su compañero.
-Sí, bueno, no… Es… La misma de la otra vez, construyo un poco cada fin de semana.
-Y… ¿Qué más has hecho? -Quiso saber su interlocutor.
-Pues… Vi el DVD de la final de los Lakers contra los Pistons. -Respondió secamente.
-Ya. -Contestó Martínez poco sorprendido por la respuesta. -Gutiérrez ¿Qué has hecho tú?
-Pues llamé a una amiga con la que hacía tiempo que quería quedar, es la amiga de una amiga, más bien. -Comenzó a contar Martínez, que llevaba tiempo deseando que llegase su turno para contestar. -Es una mujer muy guapa y ¡Tiene unas tetas gigantes! Nos fuimos por ahí, cenamos, nos tomamos unas copas y terminamos en su casa. Estuvimos todo el fin de semana…
Gonzalo, triste, desconectó de la conversación. Cabizbajo, siguió aferrado a su café pensando en las actividades que hacía todo el mundo, menos él, durante el fin de semana. Aunque en su fuero interno pensaba que no necesitaba ninguna actividad extra. Era feliz con sus maquetas, sus partidos de la NBA y sus cedés de Willy Nelson.
Unas risotadas del grupo y la colleja de uno de sus compañeros lo devolvieron al planeta tierra. Una mano lo zarandeo por el cuello mientras, entre lágrimas por la risa, repetía la última frase de Martínez donde explicaba con detalladamente una de las posturas del acto sexual de su compañero. Gonzalo, con el cuello dolorido, rió sin ganas, solo por aparentar y luchar por su propia integración en el grupo.

Aquel viernes, a la salida del trabajo se pasó por la tienda de maquetas, ya debían tener el pack de árboles para su estación, una caja con veinte abetos Douglas a escala N. Pasó las mañanas y tardes del sábado y del domingo detrás de sus gafas con lupas, trabajando los árboles cuidadosamente con su pincel, dándole los colores exactos para conseguir el mismo realismo que con el resto de la maqueta mientras Willy Nelson cantaba las mismas canciones de siempre. Las noches del viernes, sábado y domingo, las pasó tumbado en el sofá, viendo antiguos partidos de los Lakers, cenando comida china en un envase de cartón, mientras lanzaba contra una pequeña canasta enganchada a la barra de la cortina una pelota de gomaespuma, preguntándose por la estúpida y constante necesidad que tenían las personas realizando actividades que le ocupaban todo el tiempo libre del fin de semana.
Llegó la hora del café del siguiente lunes y la tradicional reunión para ponerse al día sobre lo que cada uno  había hecho durante el fin de semana.

-…Fue estupendo, es un subidón de adrenalina cuando te disparan con los lásers e intentas correr y esconderte para que no te duelan los disparos, porque en el peto que te ponen llevas unas placas metálicas con unos  sensores que te aplican una pequeña descarga eléctrica cuando alguien te dispara con su pistola laser. -Estaba contando Guerrero cuando Gonzalo llegó.
-Sí, es cierto, yo jugué el mes pasado y pensaba ir esta semana también pero al final mi mujer se empeñó en ir a ver una maratón de películas de cine europeo en los multicines Kinepolis, un puto coñazo de cine experimental. -Apuntó Delgado.
-Gonzalo ¿Cómo has pasado el fin de semana? ¿Qué has hecho? -Preguntó Martínez, que parecía ser el moderador de estas charlas. Gonzalo tragó saliva, era otro lunes más en el que no tenía nada interesante que contar.
-Bueno yo… -Volvió a titubear. -Vi la final de los Lakers en el 82 contra los 76´ers y también… Terminé de pintar los abetos Douglas de la maqueta… La maqueta de trenes. -Dejó de hablar cuando los comentarios y risas de sus compañeros cesaron ante el aburrimiento de su fin de semana.
-¡Pues yo me follé a la hermana de la de la semana pasada! -Retomó el tema Guerrero ante las renovadas risas de sus compañeros. Gonzalo también volvió a sonreír aunque esta vez con menos ganas y menos tiempo, sintiéndose mal consigo mismo.

El viernes siguiente, en la tienda de maquetas, habían traído nuevos pack de maquetas llamados “Pasajeros de estación IV” y “Bancos y farolas Mod. 32-B” para la estación. Esa misma mañana, durante un descanso, aún en la oficina, encontró en internet una nueva web con acceso directo a la final del 72 contra los Knicks y, mientras navegaba por la red, una ventana emergente de publicidad anunció una promoción de comida china, refresco y postre con reparto a domicilio. ¡El fin de semana estaba hecho! El sábado volvió a ocultarse tras sus gafas para pintar con meticulosa precisión los pasajeros que esperarían en la  estación. Por la noche, al lanzar desganado la pelota de gomaespuma contra la canasta falló el tiro y su comida china venía sin el sobrecito de la salsa agridulce.

Lunes por la mañana, otra vez. A Gonzalo ya no le divertía tanto saber qué habían hecho sus compañeros durante el fin de semana pasado, se sentía aún más desplazado del grupo cuando sacaban el tema. En la ronda de preguntas, finalmente, le llegó su turno y sus compañeros dejaron de sonreír y de comentar esperando con aburrimiento a que Gonzalo explicara qué parte de la maqueta había hecho ese fin de semana y qué partido de los Lakers había visto.

-¿Y tú Gonzalo? ¿Qué has hecho este fin de semana? -Volvió a preguntar Martínez.
-Este fin de semana... Pues yo… Eh… Yo este fin de semana he… -Dudó al responder.  No quería volver a contar lo mismo de todos los lunes, quería integrarse en el grupo y ser divertido como el resto de sus compañeros, así que hizo lo único que podía hacer, ¡Mentir! -Fui a… ¡Esquiar! -Terminó la frase satisfecho con su mentira.
Un silencio se produjo en la reunión, la respuesta sorprendió a todos y Gonzalo levantó las cejas como señal de victoria mientras que recorría las caras de asombro de sus compañeros. Finalmente fue Martínez, siempre Martínez, quien rompió el silencio.
-¿Esquiar? ¿En junio?
-Sí, fui a… -Gonzalo tragó saliva ante la situación en la que se había metido con su mentira. Necesitaba una respuesta convincente y la necesitaba rápido. -A Xanadú, al centro comercial Xanadú.
-Sí, es cierto, han montado una pista de nieve artificial y está muy lograda. Mis hijos fueron con mi ex el fin de semana pasado y se divirtieron mucho.

Gonzalo suspiró aliviado, se sintió orgulloso de su mentira pero había estado muy cerca de ser descubierto. Martínez seguía mirándolo incrédulo.

De camino a la tienda de maquetas y de  la tienda de maquetas a casa, cargado con el pack “Personal de estación Nº 5”, pensó en lo bien que se sentía habiendo ido a esquiar el fin de semana anterior, aunque fuera una gran mentira. Era como ser aceptado en la manada del grupo de los lunes junto a la máquina de café. Lo único que le preocupaba de su mentira era la falta de consistencia de la misma, había estado muy cerca de ser descubierto. Si quería seguir mintiendo debía trazar un plan, una agenda de actividades falsas que supuestamente realizaría durante los fines de semana de los próximos tres meses.
Al llegar a casa, ilusionado por su plan, pulsó el botón de play y subió el volumen para oír a Willy Nelson. Lanzó al sofá su portafolios y se dirigió al escritorio, del que apartó todos los cuadernos y libros sobre maquetas y extendió una enorme cartulina sobre la que comenzó a dibujar un enorme calendario en el que solo aparecían los lunes de cada mes y las mentiras a contar. Cuando lo terminó aplaudió dando un salto, emulando el gesto de su jugador favorito de la NBA.

Lunes tras lunes, a la hora del café, las mentiras de Gonzalo, tan elaboradas y detalladas gracias a las horas que pasó en internet buscando información, cargadas de pequeños detalles y anécdotas que le daban realismo al relato, entretenían a sus compañeros. Aprendió a mentir con tal perfección que casi se creía sus propias historias. Poco a poco los lunes se sucedían haciendo que Martínez le preguntase a él primero, ya nadie quería oír otras historias, ni siquiera los ligues de Guerrero les entretenían tanto. Se había convertido en el centro de atención del café.

-… Pues he estado haciendo un curso de submarinismo en Conil. Es un espectáculo. Estar sumergido bajo el agua, sentir tu propia respiración, quedarte inmóvil hasta que los peces se acostumbren a tu presencia y que luego te dejen bucear con ellos. Es muy curioso, si los sigues te enseñan sitios entre las rocas a los que nunca irías por tu propia voluntad. Además, te pillas el AVE y desde la estación de Santa Justa coges un tren a Cádiz y llegas el mismo viernes… Equitación, conseguí unos paseos de hora y media en la escuela de equitación de Villanueva de la cañada ¡Madre mía, cómo se mueve un bicho de esos! Y, además, son enormes. Nunca había visto un caballo de cerca y tienen una cabeza tan grande como las tetas de la que se folló Guerrero la semana pasada. Total que ya me quedé en el pueblo paseando, os sorprendería la de ruinas y castillos antiguos que hay por los pueblos de España y que no visitamos… ¡Deportes extremos! El sábado hicimos  puenting  y el domingo paracaidismo. Eso sí que es una descarga de adrenalina y no lo de los lasers del mes pasado. Santo dios, un tío muy gallito que quiso saltar el primero, que incluso casi salió a hostias con otro con tal de saltar antes que nadie, bueno pues en mitad del salto, de la adrenalina y el subidón que te entra ¡Se cagó en los pantalones! ¡En serio! Y eran de color claro… Joder, nadie quiso saltar con el mismo arnés… Noche de miedo en Aranjuez, en serio, no pienso ir más. Al principio te lo venden como un espectáculo, una cena, las luces que parpadean, un par de tíos disfrazados en plan fantasmas, muy logrados, eso sí, pero lo quieras o no, sabes que son actores. La cosa es que tras la cena, cuando casi todos se fueron a sus habitaciones a dormir, vi al monitor hablando en petit comité con algunos de los del grupo y planearon una sesión de espiritismo, por supuesto que me apunté y vaya acojone…

Llegó el último fin de semana del mes de septiembre y Gonzalo se sentó frente a su enorme maqueta, se colocó sus gafas con lupas, eligió cuidadosamente un pincel tras examinarlos todos a través de las lentes de aumento y extendió la mano para coger algo con lo que trabajar… Soltó al maquinista y luego al revisor, y a la señora que empujaba el carro de su bebe. Los pasajeros y árboles, los trenes y bancos, las montañas y railes estaban terminados. Tras meses y meses de dedicación, por fin la maqueta de trenes estaba terminada. Soltó las gafas en un lado de la mesa de trabajo y, recostándose aburrido, sin nada que hacer, en el respaldo de su silla, contempló el calendario de actividades falsas. Ese lunes tendría que contar lo emocionante que fue montar en moto de agua en las playas de Denia y lo bien que comió en un restaurante que encontró en el paseo marítimo llamado “Estanyo”, y lo tranquilo y relajado que estuvo en el Spa del hotel.
Se quedó mirando fijamente aquella cartulina en la que, a rotulador azul, estaba reflejada la vida que realmente le hubiera gustado vivir, los momentos que jamás sucedieron. Se sintió vacío y triste. Alargó la mano, apagó el equipo de música con el mando a distancia y volvió a mirar la cartulina. Se frotó los ojos, miró los trazos rojos en forma de cruz que marcaban los fines de semana que había dejado pasar, consultó su reloj y, por última vez, miró la última fecha del calendario titulada: Playa Denia.

Quince horas más tarde, embutido en un traje corto de neopreno y riendo a carcajadas como un niño pequeño, le temblaba el cuerpo sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, algo real: Los 250 caballos del motor de una moto de agua sobre las olas del mar.