DOBLE VIDA
(Inspirada en la canción homónima de Joaquín Sabina)
Doble vida es mi adaptación
literaria de una magnifica canción de Joaquín Sabina sobre la
perfecta vida de un matrimonio madrileño con buena posición económica, pero
condenado al tedio y a la monotonía de la vida en pareja.
Esta canción fue descartada del álbum
“Esta Boca Es Mía” por problemas de duración total del álbum, pero
afortunadamente rescatada tanto para la edición especial de “19 días y 500
noches” como para la edición especial de “Dímelo En La Calle” que pasó a
llamarse “Diario De Un Peatón”.
Mientras oía la canción una y otra vez, con la letra al lado para tratar de ser lo más fiel a la idea original de Joaquín, dentro de lo que mi imaginación me permitía, no paraba de pensar en las actuaciones de Juanjo Puigcorbé y Ana belén en los papeles principales si Fernando Trueba o Fernando Colomo hubieran llevado esta historia al cine en los años ochenta.

DOBLE VIDA
(Inspirada en una canción de Joaquín Sabina)
Capítulo 1: Antonio, el juez justo y severo.
Con aire
cansado y la firmeza que le daba la monotonía de sentenciar a los culpables a
años de condena, Antonio leyó el veredicto de aquel hombre al que los
periódicos habían bautizado como «el Violador de Entrevías» por motivos
evidentes, sentenciándolo a veinte años y un día por sus crímenes. Como todas
las veces, el juicio terminó con un sector de los asistentes llorando e
insultando. El juez se levantó sin ningún remordimiento, simplemente había
hecho su trabajo. Salió con premura de la sala y entró en su despacho donde
dejó la toga, la documentación de los diferentes juicios que había tenido aquel
día y, en definitiva, su trabajo como hombre de ley.
Aquel lunes, como otros muchos,
entró en el Ángel Azul, un bar envuelto en humo y un fuerte olor a tabaco, con
una ambientación oscura, algún neón celeste, música rancia propia de la edad de
la clientela y actividades variopintas e ilegales o inmorales en los baños y
despachos en las que Antonio había participado en más de una ocasión.
...Lo esperaba hasta muy tarde
Ningún reproche le hacía
Lo que más le preguntaba
Era que si la quería...
Cantaba en el karaoke con voz
pegajosa una versión poco decente una de las camareras del local envuelta en
luces violetas y blancas.
—Chivas con hielo, por favor
—pidió con la misma desgana con la que anunciaba sus sentencias al sentarse en
un taburete en mitad de la barra sin prestar atención a la mujer del escenario.
Respiró profundo mientras
esperaba su copa rascándose la punta de la nariz con el pulgar. Un ejemplar del
ABC, doblado convenientemente para dejar en primer plano el titular, cayó sobre
la barra a su lado.
—Muchas gracias, Antoñito —le
agradeció el dueño del local.
El juez se sobresaltó por el impacto,
miró a la cara con cierto disgusto por el susto al hombre que lanzó el ABC y
lentamente giró el periódico para leer el titular que rezaba:
«Empresario madrileño
absuelto por falta de pruebas.»
Asintió con media sonrisa sin
darle mucha importancia a aquel veredicto.
—Viene con regalito dentro, para
que le compres otro visón a Inés.
Antonio desplegó el periódico y
vio un sobre blanco, sin nombre y cerrado, que se apresuró a guardar en el
bolsillo de la americana que descansaba bien doblada junto a él sobre la barra.
—Gracias.
—Un placer y ya sabes que estás
invitado a lo que quieras.
—Ya sabes lo que necesito
—contestó estirando la espalda y el cuello para desentumecer los músculos tras
el día de trabajo pasados unos segundos.
—¡Cómo no! ¡Llama a la Chelo! —le
ordenó a la camarera con una sonrisa a medio camino entre la satisfacción y la
malicia. ¡Qué bien estaba aquello de tener a un juez de su parte!
Capítulo 2: Inés, Furtiva, Repintada y Pecadora.
Al caer la
tarde, Inés levantó la mano para parar un taxi en mitad de la calle Serrano,
mientras con la otra terminaba de ajustarse el pendiente que le había regalado
su marido en el último aniversario. No había terminado de sentarse en el
asiento de atrás cuando, con un gesto de dificultad al continuar intentando
ponerse el pendiente con las dos manos, ordenó firmemente:
—Alberto Alcocer 21, por favor.
El taxista arrancó tanto el
trayecto como una interminable y aleatoria conversación en la que, en los
treinta primeros segundos, logró hilar temas tan diversos como el tráfico, el
fútbol y el tiempo. Temas a los que la mujer contestó con una forzada sonrisa y
un gesto afirmativo de cabeza. Mientras el conductor enumeraba los continuos
errores de la defensa del Real Madrid y las posibilidades de lluvia para
aquella noche, Inés jugaba a hacer un bucle interminable con un mechón de su pelo
liso y negro lanzando una mirada perdida por la ventana. Se desnudaba
mentalmente y se dejaba caer en brazos de su Rambo particular, que la esperaba
con el arma bien cargada.
El taxi paró y la pasajera, con
urgencia entre las piernas, salió dejando el cambio completo como propina.
Llamó al telefonillo y una voz robótica con acento de Europa del Este la invitó
a subir. Cuando llegó al dúplex, la puerta estaba entreabierta como de
costumbre. Era un sitio espacioso, aunque excesivamente mal decorado con, entre
otras cosas, un gimnasio bastante completo que ocupaba medio salón.
Por las escaleras bajó un hombre
fornido, con piel bronceada, pelo largo castaño con mechones rubios sujeto en
un moño alto, unos vaqueros ceñidos medio abrochados, al igual que la camisa de
estampado de tigre que mostraban unos perfectos abdominales –¡Al menos el
gimnasio servía para algo! - Pensó Inés al verlo.
—¿Qué tol estás, Inés?
—Muy bien, gracias. —le contestó
besándolo en los labios— Y se dice «¿Qué tal?». Chato, llevas aquí ya tres años
y cada día hablas peor.
—Para mi profesión tampoco me
hace falta tener un correcto españolo.
—Pues también es verdad —contestó
dejando su abrigo y el bolso sobre el sofá cruzado en mitad del salón para
hacer hueco a la bicicleta elíptica.
—¿Quieres una copa?
—Bueno, una rapidita. Me vendrá
bien —dijo algo nerviosa mientras tumbaba el marco de una foto para volcar lo
que le quedaba de cocaína en un plástico transparente, arrugado y casi roto.
—¿Una rayita?
—No, no me gussstan esas mierrrdas.
—Pues más para mí nene. Tú te lo
pierdes —esnifó profundamente.
—Aún me debes dinero de hace dos
semanas —le inquirió el gigoló alejándole la copa como broma justo cuando Inés
hizo el ademán de cogerla.
—Mira que eres... —dejó la frase
sin concluir y le pasó por el musculoso pecho la mano con la que iba a coger la
copa.
—Negosios son negocios.
—Ya, el concepto sí que lo has
aprendido rápido —se retiró para buscar su monedero en el bolso.
—Tengo gastos, pequeña —replicó
señalando el desastroso dúplex como si aquella decoración fuera un lujo al
alcance de muy pocos.
—Sí, se nota —bromeó entregándole
cuatro billetes de cincuenta euros, dos por cada semana.
Inés apuró su copa casi de un
trago, recorriendo la sala con la mirada hasta detenerse en las escaleras que
llevaban al dormitorio. —Bueno, basta de charla. Date prisa Tarzán, que la
sangre me arde y he quedado con Antonio para cenar esta noche. —ordenó
planchando con la mano la solapa de la camisa.
—¿No te quieres quedar más? Al
tiempo extra invito yo.
—Ya es raro que invites tú a nada.
¡Venga!… ¡Súbeme al dormitorio, que no me aguanto! —dijo divertida enroscando
de un salto las piernas sobre la cintura del hombre que la cargó entre besos y
risas escaleras arriba.
Capítulo 3: La Cena Del Matrimonio.
Con un beso y
una sonrisa, mitad nerviosa por ocultar mentiras y mitad real por el amor que
se tenían, Antonio e Inés coincidieron en el portal del domicilio buscando las
llaves.
—¡Estamos totalmente
sincronizados! —dijo el marido dejando que finalmente fuera ella quien abriese
la puerta con sus llaves.
—Siempre, cariño. —le contestó
dándole una bolsa del supermercado de El Corte Inglés con algo de queso y
vino—. Mmmm… Hueles a tabaco —se extrañó Inés arrugando la nariz con disgusto al
llegarle el olor cuando le cedió el paso a su marido para que entrase primero.
—Sí, me he tomado una copa con
Miguel al salir del juzgado.
—Ajá... ¿Con Miguel? ¿Dónde?
—En… The Clan —mintió el juez
dándole el nombre de un pub escocés conocido por los dos.
—The Clan, con Miguel…, ya
—sospechó Inés—. Venga, ve sirviendo el vino en el salón mientras preparo la
cena.
—De acuerdo. Y tú, ¿cómo has
llegado tan tarde a casa? El Corte Inglés cierra a las diez —quiso saber el
juez levantando la bolsa del supermercado como prueba mientras se adentraban en
la casa.
—Me he entretenido. También me he
tomado una copa, un Martini con… Matilde en Piruleta. —fue elaborando una
mentira poco a poco.
—Martini con Matilde… ya —dejó el
abogado la conversación en tablas.
La pareja se distanció con
desconfianza mirándose mutuamente hacia atrás de reojo. Ninguno de los dos se
fiaba de las actividades que aquella tarde había tenido su pareja, pero tampoco
tenían pruebas definitivas para desmontar ninguna coartada. Antonio cerró la
puerta del salón y comenzó a servir el vino con el móvil sujeto entre el cuello
y el hombro para hacer una llamada en voz baja, mientras Inés cerraba la puerta
de la cocina:
—¿Matilde?... ¿Qué tal?... Bien,
todo bien, un poco hasta arriba con el trabajo, ya sabes, pero bueno, no me
quejo. ¿Y tú qué tal?…. No, te llamaba porque estoy buscando a Inés y pensaba
que estaríais juntas en Piruleta o en
algún otro sitio tomando algo… Ya, comprendo… No, no, no hace falta que le
digas nada, se habrá entretenido a la salida del gimnasio…. Seguro que sí.
Bueno, te dejo, voy a ver si la localizo. Venga. Besos, adiós, besos… chaito.
—¿Miguel? —preguntó Inés desde la
cocina con los auriculares del móvil activados—. ¿Cómo estás, guapo?... Vaya,
felicidades, ¿el 35 %?... Caramba, chico, eso está muy bien. Lo estás
celebrando por lo que oigo de fondo, ¿no?... Claro que sí, te lo mereces. Oye,
¿ha estado ahí contigo Antonio celebrándolo? Lo estoy esperando para cenar…
¡Ah! ¿Sí?... Pero… ¿Aún está ahí contigo?... No, no… Si está en el baño no
vayas a buscarlo, pero dile que vaya volviendo a casa…. Venga, besos, guapo….
Sí, sí… Díselo… Gracias… Adiós.
La mesa estaba dispuesta con la
cena que Inés había preparado, el vino que había abierto Antonio y una buena
ración de desconfianza y acertadas sospechas de infidelidades consentidas en
cada plato. Las toses, respiraciones profundas y falsas sonrisas se
intercalaban.
—Cariño —dijo él—, hoy quiero
brindar por aquel Violador de Entrevías. ¿Te acuerdas, mi amor? ¡Un auténtico
cabronazo!
—Sí, aunque no más que otros —tiró
ella un dardo levantando su copa y una ceja.
—Pues le han caído veinte años y
un día —terminó su brindis algo confuso por el comentario de Inés.
Las copas chocaron sordas y
pesadas; a través de ellas se pudo sentir la tensión acumulada antes de beber.
Aquel trago, dulce y lento, les sirvió a Antonio e Inés para, conocedores de
las infidelidades de su respectiva pareja, darse un perdón mutuo, pasar por
alto las aventuras y continuar felices con su santo matrimonio y la doble vida
que mantenía aquella pareja perfecta.



